Revista del IEEM
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2026 y el nuevo contrato de trabajo

El desafío de crear una fábrica de líderes en un contexto laboral en constante transformación.

El comienzo de 2026 confirma algo que ya intuíamos: vivimos en un mundo en el que la estabilidad dejó de ser la norma y la capacidad de adaptación se transformó en una competencia estratégica. La agenda internacional arrancó el año con eventos de alto impacto geopolítico. En Estados Unidos, bajo el mando de Trump, se tomaron decisiones significativas, como la captura de Maduro en Venezuela y el congelamiento de visados para 75 países; las protestas en Irán remueven tensiones en Medio Oriente; y se anunciaron nuevos acuerdos comerciales, como el tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Estos sucesos vuelven a poner en primer plano la incertidumbre como una variable estructural del contexto global.

Al mismo tiempo, el deporte, la cultura y los grandes eventos, como un nuevo Mundial de fútbol, continúan cumpliendo un rol simbólico y económico relevante, recordándonos que —incluso en escenarios complejos— las sociedades buscan espacios de cohesión, identidad y proyección colectiva. Este telón de fondo no es ajeno al mundo del trabajo. Por el contrario, lo atraviesa de forma directa. En este contexto, hablar de perspectivas para el mundo del trabajo en 2026 implica necesariamente ampliar la mirada y entender cómo convergen la geopolítica, la economía, la tecnología y, principalmente, las personas.

 

Nuevas reglas en el escenario global

La firma del acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la UE marca un punto de inflexión para la región y para nuestro país. Más allá de los debates sectoriales, el acuerdo abre oportunidades concretas en términos de inversión, encadenamientos productivos, movilidad de talento y exigencias crecientes en estándares de sostenibilidad, trazabilidad y calificación laboral. Para las organizaciones, esto supone repensar perfiles, capacidades internas y modelos de competitividad.

En paralelo, los movimientos geopolíticos recientes refuerzan una tendencia que ya se venía consolidando: la sentida fragmentación del orden global y la necesidad de operar en escenarios de riesgo permanente. En este nuevo mapa, las empresas no solo compiten por mercados, sino también por talento, confianza y estabilidad social.

Las empresas no solo compiten por mercados, sino también por talento, confianza y estabilidad social.

Porque el mundo del trabajo no queda al margen de estas tensiones. Al contrario, se convierte en uno de los principales espacios donde estos cambios se materializan. Lo vemos en la forma en que se organizan los equipos, en las expectativas de las personas, en el vínculo entre productividad y bienestar, y en la redefinición del rol del liderazgo.

 

Uruguay: reconfiguraciones y oportunidades

A nivel local, 2025 fue un año de contrastes. Por un lado, el cierre de empresas relevantes como Yazaki, CLA Sienz y UKG generó impactos concretos en el empleo y dejó en evidencia los desafíos que tenemos como país en materia de competitividad. Por otro lado, el país vivió un marcado dinamismo en fusiones y adquisiciones, con operaciones significativas en telecomunicaciones, servicios financieros, industria alimentaria y construcción, entre otros rubros.

Este movimiento de capitales no es neutro desde la perspectiva del trabajo. Las fusiones y adquisiciones suelen venir acompañadas de procesos de integración cultural, redefinición de estructuras, cambios en los modelos de liderazgo y nuevas demandas de competencias. Gestionar estas transiciones de forma estratégica será clave para evitar la pérdida de talento crítico y para capitalizar las oportunidades de crecimiento que estos procesos ofrecen.

En este escenario, la actualización de la Ley de Inversiones, incorporando mayores incentivos al empleo y a la sostenibilidad, es una señal relevante. Refuerza la idea de que el desarrollo económico y la creación de empleo de calidad deben ir de la mano, y que las políticas públicas pueden —y deben— acompañar los procesos de transformación del trabajo.

 

El nuevo contrato laboral

Más allá del contexto macro, las principales transformaciones del mundo del trabajo siguen ocurriendo puertas adentro de las organizaciones. El informe The Human Edge: Global Future of Work Trends 2026 de ManpowerGroup describe un escenario en el que los equipos híbridos, el reaprendizaje constante, nuevas normas de trabajo y una creciente tensión en el liderazgo redefinen la experiencia laboral.

Uno de los conceptos centrales que se menciona es el de Hybrid Super Teams: equipos conformados por personas, tecnología, freelancers y agentes de inteligencia artificial, organizados de manera flexible según los objetivos del negocio. Este modelo desafía las estructuras jerárquicas tradicionales y obliga a repensar roles, responsabilidades y formas de coordinación.

La inteligencia artificial deja de ser una herramienta periférica para convertirse en un socio de trabajo. Sin embargo, el informe advierte sobre los riesgos de una automatización mal diseñada, centrada únicamente en la reducción de costos. La llamada “automatización por fuerza bruta” puede generar pérdidas de conocimiento, deterioro de la experiencia del cliente y, paradójicamente, la necesidad de recontratar personas cuando la tecnología no logra sostener por sí sola los procesos críticos.

 

Aprender más rápido que el cambio

En este contexto de transformación acelerada, la capacidad de aprender se consolida como una de las competencias más valiosas. El estudio señala que el futuro del trabajo será de quienes logren reaprender de forma constante, integrando nuevas habilidades técnicas, pero, sobre todo, habilidades humanas: pensamiento crítico, juicio ético, creatividad, empatía y capacidad de colaboración.

Parece irónico que, mientras la tecnología avanza, las habilidades “preindustriales” se vuelven más difíciles de automatizar. En un mundo cada vez más mediado por algoritmos, el valor diferencial de las personas estará en aquello que las máquinas no pueden replicar con facilidad.

El upskilling y el reskilling se convierten en responsabilidades compartidas entre empresas, trabajadores y políticas públicas.

Para las organizaciones, esto implica asumir que la formación ya no puede ser un evento aislado ni un beneficio accesorio. El upskilling y el reskilling se convierten en responsabilidades compartidas entre empresas, trabajadores y políticas públicas. También exige revisar los modelos de evaluación del desempeño y productividad, muchas veces diseñados para realidades que ya no existen.

 

Nuevas normas, nuevas tensiones

Otra de las grandes tensiones del mundo del trabajo actual tiene que ver con las normas que lo regulan, explícita e implícitamente. El debate sobre el retorno a la presencialidad es un ejemplo claro. El informe muestra que las políticas rígidas de retorno a la oficina están acelerando la rotación, especialmente entre los perfiles de mayor desempeño, y profundizando brechas de género y equidad.

Al mismo tiempo, se observa una caída en los niveles de confianza: confianza en las instituciones, en los líderes y en la información disponible. En este escenario, las organizaciones tienen la oportunidad y la responsabilidad de convertirse en espacios de referencia, donde la coherencia entre discurso y acción sea un activo estratégico. Es necesario y urgente recuperar la confianza y cuidar la reputación.

 

Crisis de liderazgo y sucesión

Finalmente, uno de los desafíos más profundos de cara a 2026 es la crisis de liderazgo. El envejecimiento de la fuerza laboral, la escasez de sucesores preparados y el desgaste sostenido de los mandos medios configuran un escenario complejo que atraviesa industrias y geografías. Cada vez menos personas aspiran a roles de conducción tradicional, al tiempo que las organizaciones demandan líderes capaces de gestionar equipos diversos, híbridos y altamente tecnológicos, en contextos de presión constante y cambio permanente.

Esta tensión no es casual. En muchos casos, el liderazgo se ha convertido en una posición de alto costo y bajo reconocimiento, atrapada entre expectativas crecientes, métricas exigentes y una pérdida progresiva de legitimidad. En este sentido, la crisis de liderazgo es también una crisis de confianza. El Barómetro de Confianza 2025 de Edelman muestra que una parte significativa de las personas percibe a los líderes empresariales como desconectados de la realidad, más enfocados en resultados de corto plazo que en el impacto humano y social de sus decisiones. Cuando la confianza se erosiona, el liderazgo pierde autoridad simbólica y se vuelve meramente funcional.

En las organizaciones, esta fragilidad se traduce rápidamente en deterioro cultural, desmotivación y resistencia silenciosa al cambio. Los problemas rara vez nacen en la operación; suelen gestarse en las decisiones, omisiones o incoherencias de la conducción. La frase “el pescado se pudre por la cabeza” no solo incomoda, sino que expone una verdad difícil de aceptar. Cuando el liderazgo pierde coherencia o evita asumir decisiones, se deteriora la cultura. Y cuando la cultura se erosiona, no hay tecnología ni proceso que logre compensarlo.

Frente a este escenario, se vuelve indispensable replantear los modelos de sucesión, mentoría y desarrollo de liderazgo. El liderazgo del futuro será menos jerárquico y más distribuido, pero no por eso menos exigente. Requerirá lectura fina del contexto, criterio ético, capacidad de sostener conversaciones difíciles y habilidad para integrar tecnología sin perder humanidad. No se trata solo de formar líderes individuales, sino de construir organizaciones capaces de producir liderazgo de manera sistemática.

En esa línea, McKinsey & Company coincide en que las organizaciones más resilientes no dejan el liderazgo librado al azar. Lo diseñan, lo desarrollan y lo escalan deliberadamente, como una verdadera “fábrica de líderes”. En contextos de alta complejidad, el liderazgo no es una consecuencia del éxito, sino su principal condición.
Estas cuestiones no son teóricas. Emergen con fuerza en conversaciones con líderes de distintos sectores y tamaños de organización. En un estudio que estamos desarrollando actualmente desde ManpowerGroup junto con la consultora Apprecia para analizar el estado del liderazgo en Uruguay, aparece con claridad una sensación compartida: liderar hoy es más complejo, más demandante y, muchas veces, más solitario que en el pasado. Entender esa experiencia será uno de los desafíos centrales del mundo del trabajo.

 

La gran apuesta para 2026: ¡todo al liderazgo!

Las perspectivas del mundo del trabajo para 2026 no admiten miradas simplistas ni respuestas prefabricadas. El contexto es exigente, volátil y, muchas veces, incómodo. Pero también abre oportunidades claras para aquellas organizaciones capaces de anticiparse, invertir de forma sostenida en sus personas y sostener una visión de largo plazo aun cuando el entorno empuja al corto plazo.

Para muchos líderes, conducir hoy una organización se parece cada vez más a operar en condiciones de baja visibilidad: con información incompleta, variables cambiantes y márgenes de error cada vez más estrechos. Sin embargo, aun en ese escenario, las organizaciones siguen necesitando dirección, criterio y sentido.

Por eso, el verdadero diferencial hacia adelante no estará en identificar líderes aislados, sino en construir organizaciones capaces de desarrollar de manera deliberada y sostenida una auténtica fábrica de líderes. Organizaciones que diseñen sistemas, prácticas y culturas que produzcan liderazgo en todos los niveles de la organización.

En un mundo donde casi todo puede ser imitado, la capacidad de construir liderazgo seguirá siendo una de las pocas ventajas genuinas. Y es allí, más que en cualquier tecnología, donde se jugará el futuro del trabajo en 2026 y más allá. Porque, parafraseando un paper de McKinsey, “a medida que replanteamos el futuro del trabajo, el único rol que sabemos que no será intermediado es el del líder”.

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