Revista del IEEM
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2026: Trump, ruptura mundial a velocidad de vértigo

Inestabilidad global, tensiones geopolíticas y el fin del orden unipolar.

Si hubiera que resumir el clima internacional que abre este 2026 en una sola palabra, esta sería inestabilidad. El sistema que ordenó la política global desde el fin de la Guerra Fría se resquebraja a la vista de todos. El liderazgo unilateral que Estados Unidos mantuvo durante casi cuatro décadas ha llegado a su fin. Lo que hoy ocupa su lugar es esta dicotomía bipolar entre Washington y Beijing, con Rusia un escalón por debajo, y varias potencias medianas alineándose en bloques regionales.

El declive estadounidense y el ascenso chino eran fenómenos que, desde luego, estaban previstos en los análisis geopolíticos. En estas páginas lo hemos venido advirtiendo cada año desde hace mucho tiempo. Lo que nadie esperaba es que fuese a esta velocidad de vértigo. El gran acelerador ha sido el estilo impulsivo e imperial de Donald Trump, cuyo primer año de regreso a la Casa Blanca parece una eternidad.

Sus aranceles, amenazas e intervenciones continuarán marcando el compás en 2026. Y nadie —salvo Xi Jinping en algunos aspectos de la guerra comercial— parece capaz de frenarlo. Con la excepción, tal vez, del primer ministro canadiense Mark Carney, quien se le plantó firme en el Foro Económico de Davos apenas dos días después de firmar en Beijing un acuerdo comercial que enfureció a Trump.

Como sea, tras la intervención de EE. UU. en Venezuela, y las constantes amenazas a Colombia, México, Cuba, Irán y Groenlandia, nada puede descartarse. Cualquier proyección que hagamos para el año que comienza debe necesariamente partir de esa base: el margen para sorpresas es amplio.

 

Economía, tecnología y poder

Los riesgos más citados por los gobiernos y analistas de mercado tienen dos nombres propios: geoeconomía y guerra. La pugna entre Estados Unidos y China ha trascendido lo comercial para convertirse en una carrera tecnológica por el control de los sectores que definirán el poder global del siglo XXI: semiconductores, inteligencia artificial, energía y minerales críticos.

El Global Risk Report 2026 del Foro Económico Mundial confirma esa lectura. Para la mayoría de los expertos, el mayor peligro no es una sola crisis, sino la combinación de conflictos armados, fragmentación comercial y ruptura en las cadenas de suministro. El multilateralismo, que durante décadas ofreció en ese sentido un marco de previsibilidad y garantías, atraviesa hoy una profunda crisis. Las grandes decisiones se toman cada vez más en acuerdos bilaterales, o en foros donde el peso específico de cada país importa más que la letra de los tratados.

Las grandes decisiones se toman cada vez más en acuerdos bilaterales, o en foros donde el peso específico de cada país importa más que la letra de los tratados.

Otro dato revelador del informe de Davos: la enorme mayoría de expertos (siete de cada diez) avizora un futuro multipolar, con potencias grandes y medianas disputándose espacios de influencia. Dos de cada diez anticipan, en cambio, un mundo marcadamente bipolar, con solo dos grandes potencias enfrentadas: EE. UU. y China. El consenso es que el mundo unipolar ha quedado atrás y no tiene devolución.

 

Conflictos armados: de Ucrania a Gaza

Tras el revés sufrido en Davos en su obstinado intento por anexarse Groenlandia, Donald Trump decidió darle otra oportunidad a la paz en Ucrania: todavía en el exclusivo resort de los Alpes suizos, el norteamericano se reunió con Volodimir Zelenski, mientras que sus emisarios Steve Witkoff y Jared Kushner seguían fatigando las millas entre Moscú y Abu Dabi en busca de un acuerdo que pueda al menos aflojar las posiciones.

El tema territorial sigue siendo la principal piedra de tranca. Witkoff sostiene, empero, que precisamente por esa razón —por centrarse la disputa en ese punto— la salida es más factible. La experiencia indica lo contrario: cuando un conflicto se reduce a un solo tema, este se vuelve innegociable. Si hay un acuerdo en 2026, probablemente se parezca más a un congelamiento tenso que a una paz duradera.

La situación en Gaza es devastadora. La crisis humanitaria alcanza niveles extremos, e Israel decidió empezar el año reanudando los bombardeos sobre el centro del enclave. Con Cisjordania al borde del colapso por asentamientos expansivos y la violencia settler, el panorama palestino se ve por demás sombrío. Por si esto fuera poco, Trump conforma su “Junta para la Paz de Gaza” sin palestinos. Entre sus invitados figuran Vladimir Putin, el turco Erdogan, el egipcio Abdulfatah al Sisi, Javier Milei, el paraguayo Peña y hasta el propio Netanyahu, pero ni un solo representante palestino, lo que le ha valido duras críticas. Y cuando desde Washington se sugirió que este organismo podría “reemplazar” a la ONU, se dispararon todas las alarmas.

Si bien el sistema multilateral está en crisis, sigue siendo el único marco universalmente aceptado para gestionar estos conflictos humanitarios. Además, el proyecto, con su modelo de “membresía paga” —a mil millones de dólares por cabeza— y poder de veto concentrado en la presidencia (es decir, en Trump), suena más a un híbrido corporativo-golfista que a un mecanismo genuino para resolver un conflicto de esta naturaleza.

Irán y Siria completan un cuadro regional absolutamente explosivo. Teherán continuará asediada bajo la amenaza estratégica de Washington e Israel, en tanto que al interior la crisis económica no cede. Y Damasco, como antes Libia, como antes Irak, como antes Afganistán, parece marchar con paso seguro hacia el estado fallido.

En África, el panorama es bastante más auspicioso gracias a la masiva inversión china y al alejamiento de varios países de antiguas potencias neocoloniales como Francia. Sin embargo, la reciente iniciativa de Trump para disputarle recursos a China en naciones convulsionadas como la República Democrática del Congo amenaza con reactivar viejas dinámicas de injerencia y desestabilización.

 

Venezuela: tutela y paradoja

El caso venezolano merece capítulo aparte. Tras la intervención militar estadounidense y la captura de Maduro, Trump ha asumido un rol de tutela política y económica prácticamente idéntico al de los protectorados de fines del siglo XIX, principios del XX. Hasta ahora, el mandatario norteamericano solo parece interesado en sacar provento del petróleo y los demás recursos naturales. De la transición democrática que ansían los venezolanos que apoyaron su intervención, ni siquiera ha hablado.

No obstante, por primera vez en más de una década, parece abrirse por fin una ventana certera para una transición pactada con el régimen que pueda conducir a la celebración de elecciones libres. La paradoja es evidente: una intervención que ha violado todos los principios del derecho internacional podría terminar facilitando una salida democrática que hasta hace nada parecía imposible.

 

América Latina bajo presión

La relación entre Estados Unidos y América Latina se mueve en un terreno cada vez más espinoso. El bloqueo naval en el Caribe, la intervención en Venezuela y las amenazas frecuentes a Colombia y México, entre otros desmanes varios, dejan claro que Trump está dispuesto a cualquier cosa en esta parte del mundo.

La relación entre Estados Unidos y América Latina se mueve en un terreno cada vez más espinoso.

La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por Washington a fines de 2025 proclamó una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe. El objetivo es claro y directo: erradicar la influencia china del continente.

En poco más de dos décadas, Beijing se ha convertido en un socio clave e imprescindible, con inversiones en infraestructura, energía, minería y tecnología. Amén de que ha reformulado todo el comercio exterior de la región. La estrategia de Washington —sobre todo así planteada, con una lógica de suma cero— es perjudicial para los intereses de América Latina.

El margen de maniobra para los países de la región se reduce a gran velocidad. Mantener una posición equidistante entre las dos grandes potencias es cada vez más difícil cuando el acceso a mercados, financiamiento e inversiones empieza a estar condicionado por alineamientos políticos.

 

Europa, Mercosur y los espacios intermedios

Europa intenta una autonomía estratégica casi imposible que la aleje tanto de la dependencia de Estados Unidos como de la necesidad de China. El acuerdo comercial con el Mercosur, firmado después de 25 años en el freezer, es parte de esa apuesta. Sin embargo, las resistencias internas en varios países y en el Parlamento comunitario siguen retrasando su implementación.

Para 2026, el Mercosur probablemente avance más por la vía de los hechos que de los grandes anuncios: acuerdos técnicos, aperturas sectoriales y una aplicación gradual del tratado con la Unión Europea. La integración profunda seguirá siendo más promesa que realidad.

 

Uruguay: sentarse a la mesa

En este escenario, Uruguay enfrenta un dilema clásico de los países chicos en tiempos de potencias en pugna. Apostar a una neutralidad activa —basada en la seguridad jurídica, la diplomacia profesional y la vocación de mediación— aparece como una de las pocas estrategias a nuestro alcance.

Convertirnos en un espacio confiable para el diálogo regional, incluso —por qué no— en un puente entre los bloques, una suerte de gran encuentro este-oeste, podría mantenernos a salvo de presiones y coerciones. En coyunturas internacionales como la actual, vale más jugarse a una buena exposición intentando mantener la valoración positiva, que tratar de pasar desapercibido.

En el mundo de hoy, si no te sentás a la mesa, lo más seguro es que estés en el menú.

Autor

Analista internacional

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