Revista del IEEM
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IA y talento: criterios para catalizar la innovación en la era digital

El desafío ya no es incorporar IA, sino desarrollar organizaciones capaces de generar valor con ella.

Dos empresas del mismo sector implementan exactamente la misma herramienta de inteligencia artificial (IA). Seis meses después, una la incorporó a su forma de trabajar todos los días, la otra la dejó abandonada tras el entusiasmo inicial. La diferencia no estuvo en la tecnología, era la misma, sino en el liderazgo y cultura que la rodeó.

Esta paradoja es la mejor puerta de entrada a uno de los desafíos estratégicos más urgentes para los líderes empresariales de hoy: la IA y la gestión del talento, lejos de ser agendas independientes, se convirtieron en un mismo problema. El de cómo construir organizaciones capaces de adaptarse a un entorno en el que la tecnología evoluciona a una velocidad sin precedentes y donde el verdadero diferencial competitivo sigue siendo la capacidad de las personas para aprender, adaptarse y generar valor en contextos de cambio constante.

Esta realidad se refleja tanto a nivel local como global. El estudio Factor Liderazgo de ManpowerGroup Uruguay y Apprecia identifica a la innovación digital (IA), el liderazgo y la gestión del talento como los tres principales desafíos que enfrentan hoy las organizaciones uruguayas. En la misma línea, el informe internacional Approaching the Future 2026, de Corporate Excellence, ubica a la IA y la gestión del talento entre los tres principales temas de la agenda empresarial. La coincidencia entre ambos estudios deja en evidencia que la conversación ya no gira en torno a si la IA transformará el mundo del trabajo, sino en cómo las organizaciones se preparan para liderar esa transformación.

La IA ya no representa una tendencia emergente: es el nuevo contexto en el que las organizaciones operan. En este escenario, la verdadera ventaja competitiva no está en quién adopte primero esta tecnología, sino en quién desarrolle el talento, el liderazgo y las capacidades necesarias para generar valor con ella.

La verdadera ventaja competitiva no está en quién adopte primero la IA, sino en quién desarrolle el talento, el liderazgo y las capacidades necesarias para generar valor con ella.

Cuando el liderazgo hace la diferencia

La última encuesta global de McKinsey sobre el estado de la IA en las empresas muestra que la gran mayoría ya usa la tecnología en al menos un área, pero que apenas un tercio logró escalarla más allá de la etapa de pilotos, y solo una minoría reporta un impacto significativo en sus resultados.

Lo interesante es qué distingue a esa minoría. No gastan más en tecnología por gastar, sino que persiguen objetivos de crecimiento e innovación además de la eficiencia, rediseñan procesos de trabajo en lugar de superponer la IA sobre los que ya existían. El factor que más se repite entre esas organizaciones no es presupuestario: es que sus líderes senior se involucran de forma visible y sostenida en el proceso, en vez de delegarlo enteramente en el área de tecnología o en un área aislada.

Por otro lado, la ausencia de liderazgo también se deja ver en el comportamiento de muchas empresas que todavía no logran catalizar la innovación a través de la adopción de IA. En estos casos, no se logra integrar la IA en una forma distinta de trabajar, sino que la adopción queda limitada a herramientas puntuales, conviviendo con temor e incertidumbre sobre qué incorporar y qué no.

Es exactamente la brecha que separa a una empresa que “usa IA” de una organización AI-first: la primera suma herramientas; la segunda rediseña procesos y decisiones alrededor de ellas que agregan valor al negocio.

Esto ofrece un primer criterio concreto para decidir dónde conviene avanzar (cuando hay disposición para rediseñar un proceso completo y, además, hay un sponsor de liderazgo dispuesto a sostener el cambio más allá del entusiasmo inicial) y también para saber cuándo frenar (cuando la iniciativa se limita a sumar una herramienta a un proceso que nadie está dispuesto a repensar).

 

¿IA o IH?

Con frecuencia, el debate sobre el futuro del trabajo se plantea como una elección entre IA e inteligencia humana (IH). Sin embargo, la verdadera pregunta no es cuál reemplazará a la otra, sino cómo ambas pueden potenciarse. La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas no eliminan el valor de las capacidades humanas. Por el contrario, las vuelven más relevantes.

Por eso, las organizaciones más competitivas no serán necesariamente las que incorporen más IA, sino aquellas que logren combinarla con IH. La ventaja ya no estará en automatizar más tareas, sino en desarrollar equipos capaces de colaborar con la IA, formular mejores preguntas, ejercer pensamiento crítico, tomar decisiones responsables y transformar la información en valor para el negocio.

Otra cuestión no menor es definir qué es lo que no se puede delegar en la IA. En este punto, es interesante la contribución del papa León XIV, que dedicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, a esta relación entre la IA y la dignidad humana. Uno de sus principios centrales es que ciertas decisiones no son delegables y declara “no permisible” transferir decisiones irreversibles a sistemas de IA. El mensaje es directo: hay decisiones que siguen requiriendo criterio humano, no porque la tecnología no pueda opinar, sino porque la responsabilidad no se delega.

 

La IH antes de la IA

Si la IA potencia las capacidades de las personas, también amplifica las capacidades de las organizaciones. Estas tecnologías no corrigen procesos deficientes, ni reemplazan una cultura débil o un liderazgo poco claro, por el contrario, tienden a amplificar la realidad existente. Una organización con datos confiables, procesos claros, equipos preparados y una cultura de aprendizaje obtendrá mejores resultados. Una organización desordenada simplemente automatizará sus ineficiencias. En otras palabras, la IA acelera aquello que la organización ya es.

Desde esta perspectiva, ser una organización AI-first no significa incorporar IA en todos los procesos, sino diseñar la operación asumiendo que la IA será un integrante más del equipo. Esto implica repensar cómo se organiza el trabajo, qué tareas generan mayor valor para las personas, cuáles pueden ser potenciadas o automatizadas mediante tecnología y qué nuevas competencias serán necesarias para trabajar junto a ella. La conversación deja de ser tecnológica para convertirse en una conversación sobre estrategia, liderazgo y diseño organizacional.

Por eso, antes de preguntarse qué herramienta implementar, las organizaciones deberían formular preguntas mucho más profundas: ¿qué problema queremos resolver?, ¿qué experiencia queremos mejorar?, ¿qué decisiones queremos tomar mejor? La tecnología, por sí sola, no constituye una estrategia. Su verdadero impacto dependerá de la capacidad para ordenar procesos, fortalecer el liderazgo, desarrollar talento y construir una cultura capaz de aprender y adaptarse continuamente.

En este sentido, quizás el mayor desafío de los próximos años no sea convertirse en una organización AI-first, sino en una organización talent-first. Porque la tecnología puede acelerar el trabajo, pero solo el talento humano puede darle dirección.

La tecnología puede acelerar el trabajo, pero solo el talento humano puede darle dirección.

Gobernanza de la IA: ¿dónde está el piloto?

Dar esa dirección exige, antes que nada, definir quién la da. Si la IA amplifica lo que la organización ya es, la pregunta lógica que sigue es quién decide qué amplificar y es un tema de gobernanza que hoy pocas empresas tienen resuelto. Cuando no hay una política clara, cada colaborador termina resolviendo el problema por su cuenta, elige su propia herramienta, paga de su bolsillo la suscripción y aprende solo. El fenómeno ya tiene nombre (shadow AI) y su costo no es solo económico ya que sin ese ordenamiento no hay aprendizaje compartido, y el riesgo de contratos o exposición de datos queda fuera de todo radar.

Esa desconfianza de muchos líderes hacia la IA no siempre es infundada y, en muchos casos, es una respuesta racional a la falta de una política clara. La alternativa no es frenar el entusiasmo de los primeros adoptantes, sino canalizarlo, convirtiéndolos en catalizadores formales del proceso. La pregunta que toda organización debería poder responder es simple de formular y difícil de resolver: ¿quién define los imperativos estratégicos sobre IA en esta empresa? Si la respuesta es “cada área, por su cuenta”, ya hay un problema de gobernanza, aunque todavía no se note en los resultados.

Y detrás de toda esa gobernanza hay una pregunta todavía más de fondo, que es ética antes que técnica. A medida que la IA participa en decisiones que afectan personas: a quién se contrata, cómo se evalúa un desempeño o qué información recibe un cliente, definir reglas de uso ya no alcanza. Hace falta preguntarse qué se está dispuesto a delegar y qué no, bajo qué principios y con qué transparencia hacia quienes son afectados por esas decisiones. Las organizaciones que instalen esa conversación de forma genuina, y no como un requisito de cumplimiento, van a construir algo más difícil de igualar que la eficiencia, la confianza de sus equipos, sus clientes y la sociedad en la que operan. En un momento en que la tecnología avanza más rápido que las normas que la regulan, esa confianza puede ser la ventaja competitiva más duradera de todas.

 

La marca empleadora: la IA es el nuevo stakeholder

La IA también está transformando la gestión de la marca empleadora. Hasta hace poco, las organizaciones construían su reputación frente a candidatos, colaboradores, medios de comunicación y redes sociales. Hoy aparece un nuevo intermediario. Herramientas como ChatGPT, Copilot, Gemini o Claude ya no se limitan a mostrar información disponible en internet, sino que la seleccionan, comparan, sintetizan e interpretan para responder preguntas como “¿Es una buena empresa para trabajar?” o “¿Cómo es su cultura organizacional?”. En ese proceso, la IA comienza a desempeñar un rol similar al de un stakeholder reputacional. No porque tenga expectativas, opiniones o intereses propios, sino porque influye cada vez más en la percepción y en las decisiones de candidatos, clientes e incluso otros grupos de interés.

En este contexto, ya no alcanza con construir una buena marca empleadora, también es necesario construir una marca que la IA pueda interpretar correctamente. Esto exige un desafío adicional para las áreas de comunicación y de gestión del talento: mantener una narrativa clara, consistente y respaldada por evidencias en todos los puntos de contacto digitales. La IA conecta información de múltiples fuentes y evalúa su coherencia. Cuando el propósito, los valores y las prácticas de una organización están alineados, y esa consistencia se refleja en su presencia digital, la interpretación que realizan estos modelos tiende a ser más fiel a la identidad de la empresa. En definitiva, la reputación ya no depende únicamente de lo que la organización dice de sí misma, sino también de la coherencia con la que demuestra quién es.

 

Liderar la transformación

Conviene, además, desarmar un supuesto que circula con fuerza: que la IA está, sin más, destruyendo empleo. Los datos más recientes matizan esa narrativa. Según el informe CIO 2026 Outlook de Experis, las reducciones de plantilla vinculadas a la IA se volvieron menos frecuentes que el año anterior, mientras más de la mitad de los líderes incorpora habilidades de IA a los roles existentes en vez de eliminarlos. Al mismo tiempo, la contratación de perfiles vinculados a IA sigue firme. El patrón que describen distintos estudios de la industria de talento no viene tanto por el lado del reemplazo puro, sino como una reconfiguración impulsada por formación de equipos híbridos (personas y tecnología trabajando juntas), antes que estructuras que simplemente se achican.

La tecnología nunca es el factor limitante, lo es la claridad con la que el liderazgo comunica un propósito, la confianza que genera para que los equipos prueben y se equivoquen, la gobernanza que define quién decide qué automatizar, y la coherencia entre lo que la organización dice ser puertas adentro y lo que proyecta puertas afuera, incluso ante la IA que hoy interpreta su marca empleadora.

El filósofo canadiense Marshall McLuhan resumió esta idea, en una cita que el Pbro. Gonzalo Aemilius retomó en el Parlamento uruguayo: “Los grandes líderes visionarios no fueron los que se negaron a la renovación tecnológica, tampoco los que la festejaron ciegamente, sino aquellos que supieron entender la gramática emergente de cada época y ofrecer escenarios y alternativas posibles frente a los daños que la transformación podía ocasionar”.

Convertirse en una organización talent-first, entonces, no es una alternativa a ser AI-first, es su condición de posibilidad. La IA seguirá acelerando todo lo que las organizaciones ya son. La pregunta que cada líder debería hacerse hoy no es qué herramienta incorporar el año que viene, sino qué tipo de organización quiere que esa herramienta amplifique.

Autor

Head of Communication and Marketing de ManpowerGroup Uruguay

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