Gobierno corporativo en Uruguay: del apellido al expertise
Profesionalizar los directorios como palanca de desarrollo empresarial
Una silla vacía y una gran oportunidad
Si hoy te ofrecieran un lugar en un directorio de empresa, ¿sabrías qué hacer?
La pregunta parece simple, pero encierra una gran verdad: en Uruguay, y en buena parte de América Latina, aún hay un largo camino por recorrer en la profesionalización del rol de quienes integran los órganos de gobierno corporativo. Las sillas más importantes de la mesa muchas veces no están ocupadas por quien más sabe, sino por quien cuenta con influencia, trayectoria política o vínculos familiares.
Mientras tanto, las empresas navegan en entornos complejos, la transformación digital se acelera, los desafíos éticos crecen, la sostenibilidad irrumpe en la agenda y los stakeholders reclaman transparencia. En ese contexto, el directorio ya no puede tener un rol figurativo o simbólico. Debe convertirse en un verdadero motor de cultura, estrategia y futuro. “Los directorios ya no pueden ser solo el guardián de los accionistas. Deben transformarse en el consejero y contrapeso que todo gerente general necesita”, afirma Alfredo Enrione en su libro Directorios en Acción: creando valor sostenible en Amércia Latina, resaltando la necesidad de un directorio activo y comprometido, que sepa acompañar y guiar a los que están en la primera línea de acción.
¿Quién gobierna a los que gobiernan?
Los directorios existen, entre otros objetivos, para ejercer la supervisión sobre la empresa. Pero esa definición clásica omite una pregunta clave: ¿quién supervisa la calidad de los propios directorios?
En Uruguay, el acceso a estos espacios no siempre responde a un proceso profesional o transparente. En muchos casos, los criterios son informales, y el perfil buscado es más social que estratégico. No suelen realizarse procesos de selección estructurados ni evaluaciones rigurosas para definir quién integra el directorio. Tampoco existe una cultura consolidada de evaluación del desempeño de los directores, ni de formación previa para asumir ese rol.
Al comparar esta situación con países como Chile o España, se hace evidente que estamos en una etapa incipiente. En esos contextos, existen códigos de buen gobierno que promueven la diversidad, exigen formación, recomiendan evaluaciones periódicas del directorio y fomentan la transparencia en los nombramientos. En Uruguay, aún hay pocas prácticas consolidadas al respecto.
El directorio como palanca cultural
Un directorio no debería limitarse a aprobar balances ni a asistir a sesiones espaciadas. Debería ser una pieza viva de la cultura organizacional. Un espacio donde se diluciden los dilemas éticos, se proyecte el largo plazo, se impulse la sostenibilidad y se acompañe a la primera línea de acción, con una mirada independiente, experta y constructiva.
Un directorio no debería limitarse a aprobar balances ni a asistir a sesiones espaciadas. Debería ser una pieza viva de la cultura organizacional.
El desafío es enorme: se necesitan perfiles capaces de comprender el negocio, pero sin quedar atrapados en el día a día operativo. Personas con pensamiento estratégico, independencia de criterio, apertura a la innovación y sensibilidad por los temas ESG (ambientales, sociales y de gobernanza). Como se menciona en el libro Diálogos con Luis Manuel Calleja, «lo colegial se refiere más a coordinar, deliberar y tomar decisiones que a ejecutar», destacando que el rol de los directores debe enfocarse en aportar una visión estratégica, por encima de las tareas operativas diarias. También se necesitan nuevas habilidades: capacidad de diálogo, escucha activa, visión sistémica, conocimiento legal y financiero, pero también liderazgo ético y perspectiva de futuro.
De “notables” a preparados: formar directores
Uno de los cambios más urgentes en Uruguay es entender que integrar un directorio no es una distinción, sino una responsabilidad. Y como toda responsabilidad, requiere formación.
Escuelas de negocios como el IEEM vienen impulsando este cambio con programas específicos de formación de directores, algo que ya es habitual en otras partes del mundo, abordando desde el rol fiduciario hasta la gestión de crisis reputacionales o el gobierno de la inteligencia artificial.
Sin embargo, en Uruguay, muchas veces, ni siquiera existe conciencia de que se necesitan y que hay que formarse. En gran parte del entramado empresarial, todavía se concibe el rol como un cargo “para después”, o como un “reconocimiento” al final de una carrera, en lugar de una etapa activa y estratégica del desarrollo profesional.
Una agenda para el cambio
El gobierno corporativo no puede seguir siendo una caja negra, inaccesible y difícil de comprender para la mayoría de los actores involucrados. Profesionalizarlo exige abrir sus puertas, cuestionar los viejos hábitos y dotarlo de prácticas modernas que reflejen la complejidad de los mercados y de la sociedad. El primer paso, y quizá el más crítico, es elevar el estándar en la selección de los miembros del directorio: implementar procesos rigurosos y transparentes, gestionados por especialistas, que prioricen no solo la trayectoria, sino también la diversidad de género, edad, experiencias y pensamiento. Un directorio verdaderamente diverso aporta perspectivas complementarias, reduce el riesgo de pensamiento único y fortalece la toma de decisiones estratégicas. La importancia de esa diversidad es subrayada por los expertos. Alfredo Enrione advierte que “hay un riesgo asociado a la homogeneidad social y cultural de los directorios, porque al pensar parecido les cuesta muy poco ponerse de acuerdo”. La heterogeneidad estimula nuevas ideas frente a grupos homogéneos.
Para las empresas, esto implica institucionalizar mecanismos de búsqueda abiertos, definir perfiles de competencias alineados con la estrategia corporativa y evaluar periódicamente el desempeño del directorio, invirtiendo de forma continua en la formación de sus integrantes. Los ejecutivos y profesionales, por su parte, deben dejar de ver el directorio como un destino reservado a pocos y empezar a prepararse activamente: cultivar una visión ética y sistémica del negocio, comprender las tendencias ESG y desarrollar habilidades de liderazgo colegiado.
Los ejecutivos y profesionales, por su parte, deben dejar de ver el directorio como un destino reservado a pocos y empezar a prepararse activamente.
La academia y las escuelas de negocios tienen la responsabilidad de ir más allá de la técnica: formar criterio, fomentar el pensamiento independiente y sensibilizar sobre los desafíos del siglo XXI, desde la disrupción tecnológica hasta la sostenibilidad. Finalmente, habría que evaluar si avanzar hacia un marco regulatorio que establezca directrices claras sobre el funcionamiento y la composición de los órganos de gobierno. Esta reflexión surge al observar que, para ser realmente relevante en la sostenibilidad de las empresas a largo plazo, los directorios deben estar alineados con las mejores prácticas internacionales. En países con una madurez mayor en este aspecto, como Europa y Estados Unidos, ya existen regulaciones, como las directrices de la OCDE, que promueven un gobierno corporativo más transparente y profesional. Un gobierno corporativo abierto, diverso y profesional no es solo una ventaja competitiva; es un requisito para sostener la confianza de inversores, clientes y sociedad en general.
Una silla que importa
En un mundo en el que la confianza es un valor escaso, los directorios deben ser garantes de integridad, visión y responsabilidad. No se trata de una figura formal ni de una cuota simbólica. Se trata del lugar donde se decide hacia dónde va una organización, qué valores la guían y qué huella quiere dejar.
El camino hacia la profesionalización de los directorios en Uruguay es más que una necesidad operativa. Es un compromiso con el futuro de nuestras empresas y con el crecimiento del país. Solo cuando los directorios se conviertan en una verdadera palanca de transformación, podremos asegurar que las empresas no solo sobrevivan, sino que prosperen en el siglo XXI.
Si logramos profesionalizar estos espacios en Uruguay, no solo ganarán las empresas. Ganará la sociedad entera.