Gestión del cambio: hacia la cultura de CIBER seguridad
Al reflexionar sobre los desafíos de un mundo que se percibe como cada vez más peligroso, resulta imprescindible reconocer que la seguridad hoy también se juega en un terreno relativamente nuevo: el digital. La aceleración tecnológica y la creciente dependencia de sistemas interconectados alimentan una sensación ya conocida y muy incómoda de incertidumbre y de pérdida de control.
A diferencia de otros riesgos, en ciberseguridad los incidentes no suelen exhibirse públicamente para generar conciencia, cuidado y prevención. Los ciberataques —equivalentes a accidentes graves o mortales en la seguridad operacional— suelen resolverse con discreción y, muchas veces, quedan cubiertos por un manto de silencio. Sobrevivir a uno no suele llevar a un intercambio abierto sobre causas y aprendizajes; por el contrario, predomina la reserva, lo que limita la generación de conciencia colectiva y bloquea el avance hacia una cultura preventiva de “ciberhigiene”.
En setiembre de este año se informaba: “La ciberseguridad dejó de ser un asunto secundario para convertirse en un pilar crítico de la infraestructura digital de los países. El más reciente Reporte Global de Amenazas 2025 de Fortinet reveló que Uruguay enfrentó 146 millones de intentos de ciberataques durante los primeros seis meses del año”.
Los datos oficiales confirman la magnitud del problema. Según el Centro Nacional de Respuesta a Incidentes de Seguridad Informática (CERTuy): “En el primer semestre de 2025 se detectaron y respondieron 17 015 incidentes, lo que representa un aumento del 256 % respecto al mismo período de 2024. Las causas de este incremento se vinculan con el crecimiento global de los ataques, la mejora en las capacidades de detección, la incorporación de nuevos casos de uso y el fortalecimiento de los sistemas de monitoreo del Estado”.
En este panorama, el phishing ocupó un lugar central: miles de intentos de fraude se propagaron a través de correos y mensajes diseñados para engañar a los usuarios y obtener información confidencial. No solo afectan a individuos, sino también a organizaciones públicas y privadas, y se convierten en una de las principales puertas de entrada para ataques más sofisticados.
Durante la pandemia aprendimos que la resiliencia colectiva se construye compartiendo información, cuidándonos mutuamente y asumiendo la responsabilidad individual como parte de un esfuerzo común. Entonces repetíamos la frase “salimos entre todos”, y hoy ese mismo principio es válido para la ciberseguridad: no basta con la tecnología ni con la pericia de los especialistas, necesitamos una conciencia social extendida que haga de la prevención y del cuidado digital un compromiso compartido.
Estamos ante una paradoja preocupante: los casos crecen, pero la sociedad habla poco de ellos. Es como si atravesáramos una pandemia digital sin consejos de prevención, sin tapabocas ni vacunas, mientras los especialistas trabajan intensamente en monitoreo y detección. ¿Por qué los sobrevivientes retoman sus vidas en silencio? ¿Por miedo a la crítica, a la estigmatización, a consecuencias legales, o simplemente por el trauma que deja el ataque?
La experiencia muestra que los riesgos se mitigan de manera más efectiva con transparencia y difusión de buenas prácticas. Sin embargo, en ciberseguridad todavía predomina la reserva, lo que ralentiza el aprendizaje colectivo. Allí donde debería haber cooperación, intercambio de experiencias y protocolos compartidos, aparece un vacío informativo que aumenta la vulnerabilidad sistémica. Por eso, la cultura del silencio es un factor que contribuye a la inseguridad digital.
Del control técnico al hábito colectivo
La gestión cultural de estos riesgos debe avanzar de la mano con la gestión tecnológica. Las personas tienen una doble condición: son víctimas directas —perdiendo dinero, relaciones o trabajo—, pero también, muchas veces sin saberlo, colaboran con los atacantes a través de descuidos y errores que facilitan el delito.
Ser víctima de un ataque ya es negativo; ser parte inconsciente del mismo resulta aún más doloroso.
Para fortalecer la cultura de ciberseguridad se necesitan tres pilares. Primero, la sensibilización, con información suficiente, pertinente y contextualizada que permita dimensionar el problema y comprender sus factores contribuyentes. Segundo, el entrenamiento, que transforme esa comprensión en hábitos de “ciberhigiene”: desde lo básico —como actualizar contraseñas— hasta prácticas más complejas adoptadas y adaptadas a cada organización. La repetición consciente de estos comportamientos pavimenta el camino hacia hábitos saludables.
Un tercer componente, a menudo descuidado, es el ensayo de la gestión de la crisis. Así como se realizan simulacros de incendio o evacuación, en el terreno digital deberían practicarse simulaciones de respuesta ante incidentes: detectar a tiempo una intrusión, emitir una alerta oportuna, activar protocolos y restablecer la continuidad operativa. Sin este ejercicio, toda reacción real será improvisada, fragmentada y más costosa.
Hoy la construcción cultural en esta materia avanza con lentitud frente al vértigo tecnológico. Esta brecha incrementa la exposición de individuos y organizaciones, y subraya la urgencia de un aprendizaje compartido. La gestión cultural de la seguridad no puede limitarse a normativas o controles técnicos: debe convertirse en un hábito socialmente arraigado. Puede trabajar el gobierno, pero podemos trabajar todos y podemos empezar por nuestra familia, nuestro equipo y nuestra empresa, para ir dando pasos y contagiando información útil, herramientas que vayan anudando una buena red de seguridad.
Integrar la seguridad informática como parte del capital cultural colectivo no es solo un requisito de protección, sino también un imperativo de liderazgo responsable. En el ámbito empresarial, implica reconocer la ciberseguridad como componente esencial de la gobernanza. En el plano político, asumirla como un bien público que exige coordinación regional y marcos normativos ágiles. Y, en lo personal, comprender que cada práctica cotidiana de seguridad digital tiene un impacto que trasciende lo individual.
Cuidar en este terreno es, a la vez, una forma de resistencia lúcida y una manifestación de liderazgo orientado al bien común. La seguridad digital no puede seguir tratándose como un asunto técnico reservado a especialistas: es, ante todo, una práctica cultural compartida.