Revista del IEEM
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«Estamos entrando en una era donde es la geopolítica la que explica la economía»

Ricardo Galarza

Analista geopolítico

¿Cuáles dirías que son hoy los principales focos de tensión geopolítica en el mundo y qué características los diferencian de crisis anteriores?

A nivel global, el principal foco de tensión es, sin duda, la rivalidad entre Estados Unidos y China; o en un sentido más amplio, la pugna entre el Occidente atlantista liderado por Washington y el Sur Global articulado en torno a Beijing. Es lo que muchos llaman ya la “Guerra Fría 2.0”.

En este nuevo tablero internacional, hay países que se alinean con uno u otro bloque, y otros que buscan mantener cierto grado de autonomía estratégica. El caso de Uruguay es paradigmático. Por un lado, tiene una cultura y una economía tradicionalmente prooccidentales y, por el otro, una pertenencia innegable al Sur Global. Si uno le pregunta al ministro de Economía, este le dirá que la alineación natural es con Washington y los países centrales; otros dentro del gobierno piensan que el futuro está con China y los BRICS. Yo, en lo personal, creo que lo más inteligente es preservar la neutralidad; idealmente una neutralidad activa, capaz de proyectar a Uruguay como un punto de encuentro, un espacio de mediación. Históricamente, en relaciones internacionales, erigirse en árbitro paga. Y Uruguay tiene el prestigio para hacerlo.

Que habrá presiones, las habrá. Pero en eso consiste precisamente la labor diplomática: en capear esos asuntos espinosos.

Luego, a escala regional, los conflictos de Ucrania y Medio Oriente tienen evidentes repercusiones globales. En el caso de Gaza, con una crisis humanitaria devastadora que nos interpela a todos como humanidad, y el insólito acuerdo de paz que se firmó en Sharm El Sheikh a instancias de Donald Trump, que plantea más dudas que respuestas.

También el conflicto venezolano, aunque de menor alcance global, resulta clave para la estabilidad de la región, ya que entraña riesgos preocupantes para todos los países latinoamericanos. Especialmente ahora tras el despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe, cometiendo serias violaciones al derecho internacional, al derecho marítimo y otros convenios internacionales.

Por último, están las tensiones no militares pero que estratégicamente son cruciales: como la competencia por el liderazgo en inteligencia artificial, la “guerra arancelaria” de Trump y la pugna global por los recursos naturales y las tierras raras. Todo ello configura un mundo en permanente estado de fricción.

 

¿Cómo impactan estas tensiones en la estabilidad económica global, particularmente en áreas como energía, alimentos y cadenas de suministro?

Diría que actúan como una especie de “fiebre” que marca en el termómetro de la economía los desajustes estructurales del sistema global. Cada vez que se intensifica uno de estos conflictos, ya sea en Ucrania, en el Golfo Pérsico o en el Mar Meridional de China, lo primero que se resiente son los precios de la energía, los alimentos y los insumos críticos. Es decir, los pilares básicos de cualquier economía.

La guerra en Ucrania vino a trastocar todo el mapa energético europeo; obligó al continente a una transición forzada muy dolorosa. Hoy Europa depende más que nunca de las energías renovables y del gas licuado de Estados Unidos, que es dos veces más caro que el gas ruso por tubería que compraba antes de la guerra. Mientras que Rusia redirige su petróleo a través de la India y otros países asiáticos con descuentos importantes.

«La lógica de la eficiencia está dando paso a la lógica de la seguridad».

En paralelo, la rivalidad entre Washington y Beijing y la guerra arancelaria amenazan con fragmentar las cadenas globales de suministro. Como dice un amigo, CEO en la región de una importante multinacional, la lógica de la eficiencia está dando paso a la lógica de la seguridad. El “just in time”, base de la gestión de inventarios, se está convirtiendo en un “just in case”.

En materia alimentaria, el impacto es doble: por un lado, los costos del transporte y los fertilizantes encarecen la producción; y, por el otro, los países exportadores de commodities, como el nuestro, enfrentan presiones para definirse geopolíticamente. No es casual que los alimentos y la energía se hayan vuelto instrumentos de poder, hoy tan relevantes como la diplomacia o el armamento.

A esto se suma un fenómeno nuevo: la “guerra tecnológica”. La disputa por los semiconductores, la inteligencia artificial y las tierras raras no solo define quién dominará la próxima revolución industrial, sino también quién controla las cadenas de valor que sostienen a la economía global. Podríamos decir que estamos entrando en una era donde la economía ya no explica la geopolítica; es la geopolítica la que explica la economía.

 

¿Qué rol están jugando actores no tradicionales —como empresas tecnológicas, organizaciones multilaterales o movimientos sociales— en la configuración de estos riesgos geopolíticos?

Hoy en día el poder global ya no parte ni se reparte solo entre los países. Las fronteras de la geopolítica se han extendido al mundo corporativo, digital, social… Las grandes empresas tecnológicas, como por ejemplo Google, Apple, Amazon, Meta, o los conglomerados chinos como Huawei o Tencent, son ya actores geopolíticos de primer orden. Controlan datos a nivel global, infraestructura digital estratégica y, sobre todo, algoritmos que definen cómo se informa, qué se informa… Se han convertido en el arma más influyente en la formación de opinión pública. Digamos que manejan resortes del poder global que antes podían fácilmente ser controlados por los Estados. Hoy ya no. Aunque, desde luego, los intentos denodados por recuperar ese control los vemos a diario.

En cuanto a los organismos multilaterales, hoy atraviesan una brutal crisis de relevancia. Naciones Unidas, la OMC o las cortes de La Haya tienen cada vez menos poder para hacer cumplir sus resoluciones. En ese vacío, cobran importancia los foros ad hoc, como el G20 o los BRICS ampliados, y las plataformas privadas que inciden tanto o más que los Estados en la regulación global.

Los movimientos sociales y las ONG se han convertido en nuevos polos de influencia. Desde el ambientalismo hasta el feminismo o los movimientos por la justicia racial y climática, canalizan malestares globales que luego determinan políticas públicas y empresariales. Tienen una gran capacidad de presión simbólica. Es por eso que Washington financia a muchos de estos movimientos en distintos países, lo cual en ocasiones puede también desvirtuar ese fenómeno de poder ciudadano para favorecer el injerencismo puro y duro.

«El mapa del poder global se ha vuelto poliédrico: no hay un solo centro, sino varios actores e instancias de influencia que compiten, y a veces cooperan».

Pero, en general, podríamos decir que el mapa del poder global se ha vuelto poliédrico: no hay un solo centro, sino varios actores e instancias de influencia que compiten, y a veces cooperan, en un ecosistema más fluido, descentralizado y, por ende, también más impredecible.

 

¿De qué manera América Latina se ve afectada por la competencia entre potencias como Estados Unidos y China, y qué oportunidades o amenazas se abren para la región?

La región se ha convertido, como tantas otras, en un terreno donde esta pugna de Estados Unidos y China se dirime no con los misiles, sino con las inversiones, los proyectos y los préstamos.

Es cierto que, de no prevalecer en ese esquema, Washington insinúa ahora con llevar las cosas a las hostilidades de la vieja Guerra Fría. Y por eso hemos visto los recientes avances del Departamento de Estado y del Pentágono en Panamá, en Ecuador o en el sur de Argentina. Ni que hablar de su actual despliegue en el Caribe, con las consecuencias nefastas que eso podría acarrear, ahora extendiéndose peligrosamente a Colombia, con Trump blandiendo una retórica disparatada en contra de Gustavo Petro.  

Beijing, en cambio, insistirá en que todo se mantenga dentro de la competencia por el poder blando, donde claramente lleva las de ganar. Ambas potencias pugnan en América Latina por la influencia en áreas estratégicas como recursos naturales, alimentos, infraestructura y, cada vez más, tecnología. Y los asiáticos le han ganado un terreno formidable en el otrora “patio trasero” de los Estados Unidos.

Y es que China ha hecho lo que Washington dejó de hacer, o nunca hizo, en la región: ofrecer mucho mejores términos de intercambio, financiamiento sin condicionamientos políticos, y la construcción de puertos, represas, carreteras, además de seguir comprando masivamente nuestras materias primas. Su presencia reformuló todo el comercio exterior latinoamericano y les dio a varios países una alternativa frente al tutelaje histórico de Estados Unidos.

Durante un tiempo ya, Washington ha intentado recuperar terreno apelando a vínculos culturales, diplomáticos y de seguridad, o directamente haciendo bullying, como es el caso de ahora, y promoviendo iniciativas de “friendly shoring” para acercar las cadenas de producción a sus aliados en el continente.

Pero el desafío para América Latina no está en elegir un bloque, sino en evitar quedar atrapada entre ambos.

Para Uruguay, ese dilema es casi existencial: necesita del mercado chino, pero comparte valores con Occidente y es sumamente susceptible a las presiones de Washington. La clave está en mantener esa neutralidad inteligente que mencioné antes: dialogar con todos y alinearse con nadie. Apostar a nichos de valor como tecnología agrícola, energías limpias, servicios globales, que nos integren al mundo dependiendo lo menos posible de un actor hegemónico particular. En un escenario multipolar como en el que ya estamos inmersos, la independencia no simplemente se declara: se construye paso a paso en cada decisión diplomática y comercial.

 

¿Qué señales tempranas debería mirar un ejecutivo o un directorio para anticipar el efecto de un cambio geopolítico en sus negocios?

La primera señal, aunque suene obvio, es la más difícil de detectar: el cambio en la narrativa. Cuando en las grandes potencias los discursos políticos empiezan a usar términos como “nuestro país primero”, “soberanía productiva”, “relocalización”, “seguridad de suministro” y esas cosas, las empresas deben poner sus barbas en remojo porque se viene un cambio global. Como hemos visto, esas expresiones suelen anticipar decisiones concretas: aranceles, subsidios, restricciones a la exportación, sanciones…

La segunda señal pueden ser los cambios abruptos en los flujos financieros y comerciales. Cuando los capitales se empiezan a mover de este modo, ya sea por sanciones, tensiones regionales o cambios en las reglas de juego, las cadenas de valor se reconfiguran. Y es ahí donde el directorio de una empresa debe mirar con lupa: cómo eso altera las rutas logísticas, cuáles se vuelven críticas, o dónde se pueden formar los famosos “cuellos de botella” de los que advierten los modelos.

La tercera señal viene del campo tecnológico. La geopolítica del siglo XXI se disputa en los chips, los datos y la inteligencia artificial. Cada vez que una potencia restringe exportaciones de semiconductores o impulsa subsidios para producción local, está volviendo a marcar la cancha. Las empresas deben entender que la tecnología ya no es solo una herramienta: es un frente de batalla.

Y, finalmente, hay una señal más sutil pero no menos decisiva: el humor social. Las tensiones geopolíticas terminan filtrándose en la sociedad, alterando percepciones de consumo, confianza y legitimidad. Y como se enseña en cualquier curso de International Business en un programa de MBA, un mundo con incertidumbre suele premiar a las empresas que piensan en términos estratégicos, no solo financieros. Saber leer los acontecimientos geopolíticos y poder anticiparse a sus consecuencias será, cada vez más, la clave del éxito para las grandes y medianas empresas.

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