«Las empresas tienen que enfocarse en lograr un equilibrio sostenible entre apalancamiento y riesgo»

Gustavo Amoza
Profesor de Dirección Financiera del IEEM
¿Cuáles son hoy los principales riesgos financieros que enfrentan las empresas en un contexto global de alta volatilidad?
Primero, hay que entender el origen de la volatilidad. ¿Se origina en conflictos bélicos, problemas de gobernabilidad o situaciones políticas? ¿Es regional o específica del lugar donde opera la empresa? Conocer su origen es el primer paso para poder gestionar los riesgos.
Lo que está claro es que, para las empresas, la volatilidad se traduce en cambios en las tasas de interés, en el acceso al crédito y en el valor de la moneda. En países emergentes, como el nuestro, la relación de la moneda local con alguna moneda fuerte —generalmente el dólar— impacta directamente en las operaciones.
Entonces, los riesgos financieros pueden manifiestarse de distintas formas: el crédito puede volverse más caro o más difícil de conseguir, y la exposición a la moneda puede afectar los costos operativos o de materias primas. La magnitud de estos riesgos depende del tipo de empresa: si es de servicios, industrial o comercial.
Al final, estos riesgos generan un efecto en cadena: un problema financiero puede derivar en dificultades operativas, afectar el estado de resultados y, en última instancia, poner en riesgo la salud financiera de la empresa.
¿Qué tan preparados están los altos ejecutivos y directorios en Uruguay para identificar y cuantificar riesgos como liquidez, crédito o exposición cambiaria?
Creo que hoy día los directivos tienen un conocimiento mayor sobre estas variables, porque son determinantes para la gestión de la empresa.
Hoy son una variable clave y están incorporadas en la preparación de los ejecutivos. De hecho, lo vemos nosotros en el perfil de quienes cursan un MBA o un máster en Finanzas: participan profesionales de carreras que no están tradicionalmente ligadas a las finanzas, como ingenieros, arquitectos y otras profesiones que ocupan cargos gerenciales, además de economistas. Todos les dan una importancia mayúscula a las finanzas.
Además, el acceso a tanta información contribuye a una mejor preparación. Contar con analistas que hacen estimaciones y siguen la evolución del tipo de cambio o de las tasas de interés facilita mucho la toma de decisiones.
En definitiva, creo que hoy los ejecutivos están preparados, al menos para poder manejar información de forma efectiva. Por supuesto, la toma de decisiones siempre involucra múltiples variables, pero el manejo de la información financiera ya es una fortaleza consolidada.
En la gestión corporativa, ¿cómo se equilibra la necesidad de apalancamiento con el riesgo de sobreendeudamiento en escenarios inciertos?
Históricamente, el apalancamiento muchas veces venía dado por el lado de la oferta. Es decir, las empresas no siempre podían acceder al crédito de la misma manera: algunas lo obtenían fácilmente y a un costo razonable, y otras directamente no podían o solo accedían a tasas muy altas. En ese contexto, la estrategia de apalancamiento dependía casi por completo del costo y la accesibilidad del crédito.
Hoy la situación es diferente. Hay muchas más facilidades para el endeudamiento, una mayor oferta de crédito y diversas opciones de costo. Esa mayor accesibilidad permite repensar la estructura de financiamiento y, en algunos casos, asumir un nivel de apalancamiento mayor.
«Ya no se trata solo de evitar descalces de moneda, sino de alinear las deudas con la moneda operativa de la empresa”.
Además, hay una conciencia mucho mayor sobre el manejo del riesgo. Por ejemplo, ya no se trata solo de evitar descalces de moneda —como antes, cuando empresas que vendían en pesos solo podían endeudarse a dólares—, sino de alinear las deudas con la moneda operativa de la empresa. Esta mayor disponibilidad de crédito, combinada con una gestión más consciente, permite administrar el riesgo de forma más eficiente.
Por eso, no creo que el problema principal de las empresas sea el nivel de endeudamiento en sí, sino las causas que lo generan. Ahí es donde las empresas tienen que enfocarse para lograr un equilibrio sostenible entre apalancamiento y riesgo.
En el mundo de la inversión, ¿qué riesgos emergentes identificás en términos de mercados financieros, activos alternativos o nuevas regulaciones?
Definitivamente un punto clave ha sido la evolución de las regulaciones y el impacto impositivo que cada una de ellas genera. Esto ha ido modificando la forma de invertir y los vehículos usados, empezando por la elección de la figura jurídica más adecuada para canalizar las inversiones. Esas regulaciones nuevas abarcan desde el manejo del dinero, la identificación de los owners finales de las empresas, hasta las normas impositivas que afectan cada etapa del proceso.
Otro punto importante es el surgimiento de nuevas alternativas de inversión, cada vez más sofisticadas. Aparecen productos financieros complejos que, si bien son muy útiles a nivel empresarial, especialmente para la gestión financiera, requieren precaución cuando se trata de inversiones personales. El desconocimiento puede llevar a cometer errores importantes: si uno no entiende bien cómo funcionan estas arquitecturas financieras, puede terminar eligiendo instrumentos que no se ajustan a sus necesidades reales.
Además, en este mundo globalizado también existen “modas” de inversión. Estrategias o productos que funcionaron en determinados contextos tienden a imponerse como tendencias globales, y muchas veces eso conduce a decisiones equivocadas.
Por eso, creo que es fundamental que tanto las empresas como los inversores identifiquen primero sus necesidades reales y recién después busquen los vehículos financieros que mejor se adapten a ellas. Nunca debería ser al revés: elegir un producto sin entender para qué se necesita puede generar riesgos innecesarios.
¿Cómo influye la innovación financiera —fintech, criptoactivos, tokenización— en la forma en que se evalúan y gestionan los riesgos?
La innovación financiera siempre representa un avance para el mundo empresarial, porque aporta nuevas herramientas para gestionar algo que, por naturaleza, es complejo: las finanzas corporativas y personales. Por eso, la innovación siempre es bienvenida.
«La incorporación de tecnología ha eliminado intermediarios, reduciendo costos y mejorando la ecuación financiera de las empresas».
Lo que ha pasado últimamente es que la velocidad a la que evoluciona el mundo financiero es mucho mayor, como pasa en la mayoría de los rubros. La incorporación de tecnología ha eliminado intermediarios, reduciendo costos y mejorando la ecuación financiera de las empresas. Ese me parece que es uno de los grandes aportes de la innovación financiera: menos intermediarios implican menores costos y, por lo tanto, un acceso más eficiente al crédito.
Como contrapartida, el surgimiento constante de nuevos productos también conlleva riesgos. El desconocimiento o uso inadecuado de estas herramientas puede generar problemas importantes. Por eso, es clave que las empresas tengan muy claras sus necesidades antes de incorporar productos innovadores. No se trata de adoptar una herramienta y luego ver cómo usarla, sino de identificar primero el objetivo y, a partir de ahí, elegir la solución adecuada.
En definitiva, la innovación ha mejorado la ecuación financiera de muchas empresas, pero también ha introducido riesgos menos visibles que deben gestionarse con cuidado. Las compañías deben definir claramente sus necesidades, identificar qué productos innovadores pueden cubrirlas y aprovecharlos estratégicamente. No se trata de subirse a todas las “olas”, sino de elegir aquellas que realmente aporten valor a la ecuación financiera.