Revista del IEEM
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«Para Uruguay, el riesgo clave es el retroceso del multilateralismo comercial hacia negociaciones bilaterales»

Leonardo Veiga

Profesor de Economía Política del IEEM

¿Cuáles son hoy los principales riesgos macroeconómicos que enfrenta la economía global y cómo se reflejan en países como Uruguay?

Los principales riesgos macroeconómicos globales combinan tensiones geopolíticas persistentes con la transición hacia un nuevo régimen de tasas de interés. Los conflictos en Europa del Este y Medio Oriente mantienen elevados los precios de la energía y los alimentos, lo que impacta directamente en sectores como el transporte, la manufactura y la agroindustria uruguaya.

Las economías desarrolladas, después de un ciclo prolongado de alza de tasas, enfrentan hoy el desafío de lograr un “aterrizaje suave” sin provocar inestabilidad financiera. Y, por supuesto, esto genera incertidumbre sobre los flujos de capital hacia mercados emergentes y sobre las condiciones de financiamiento global.

Para países pequeños y abiertos como Uruguay, el riesgo clave es el retroceso del multilateralismo comercial hacia negociaciones bilaterales, donde el tamaño y poder económico pesan más que las reglas. Los problemas de relación de Brasil con Estados Unidos, sobre todo en el nuevo contexto político norteamericano, pueden tener repercusiones comerciales y geopolíticas que nos afecten de forma directa.

A nivel regional, la transformación económica argentina genera incertidumbre sobre el comercio bilateral, mientras que internamente el principal desafío es mantener el equilibrio fiscal ante las crecientes demandas de gasto público. La capacidad de Uruguay para sostener su estabilidad macroeconómica en este contexto complejo será determinante para su competitividad futura.

 

¿En qué medida la volatilidad de tasas de interés, inflación y tipo de cambio condiciona las decisiones de inversión y financiamiento de las empresas?

La volatilidad macroeconómica actúa, en la práctica, como una especie de “tasa de incertidumbre” que las empresas terminan pagando cuando planifican. Cuando las tasas de interés fluctúan abruptamente, el costo del financiamiento se vuelve impredecible, y eso afecta especialmente a sectores intensivos en capital, como la construcción o la manufactura. La inflación volátil erosiona la capacidad de fijar precios y contratos de mediano plazo, y obliga a renegociar todo el tiempo.

Un tipo de cambio inestable genera un doble efecto: los exportadores no saben bien cuánto van a terminar cobrando, y los importadores se encuentran con subas bruscas en el costo de sus insumos. Y, sectores como el turismo, la agroindustria y la tecnología, que dependen bastante de factores externos, tienden a ser todavía más prudentes con sus decisiones financieras.

La respuesta más común es defensiva: las empresas priorizan la liquidez, postergan las inversiones de largo plazo y diversifican geográficamente sus operaciones. Aquellas con mayor capacidad financiera aprovechan para consolidar posiciones, mientras las más vulnerables buscan reducir su exposición al riesgo.

«Las empresas que gestionan activamente el riesgo pueden convertir la volatilidad en una ventaja competitiva”.

Sin embargo, las empresas que gestionan activamente el riesgo —por ejemplo, usando coberturas cambiarias, contratos indexados o diversificación de mercados— pueden convertir esa volatilidad en una ventaja competitiva.

 

¿Qué señales del contexto internacional deberían seguir de cerca los líderes empresariales para anticipar cambios relevantes en la actividad local?

Deberían monitorear cuatro indicadores clave. Primero, las tasas de interés de la Reserva Federal y los spreads de bonos emergentes, que determinan el flujo de capitales hacia Uruguay y el costo del financiamiento.

Segundo, cómo evolucionan las tensiones geopolíticas y su efecto en los precios de los commodities, especialmente energía y alimentos, por su impacto directo en los costos operativos y la competitividad de muchos sectores.

Tercero, el avance de las negociaciones comerciales, tanto multilaterales como bilaterales. En particular, hay que mirar de cerca las iniciativas de integración entre grandes bloques económicos como China-ASEAN o las relaciones comerciales sino-americanas, que redefinen cadenas globales de valor.

Cuarto, a nivel regional, conviene seguir de cerca la evolución económica de Argentina. No tanto por la inestabilidad, sino porque los cambios en su modelo económico pueden abrir oportunidades comerciales o generar desafíos logísticos para Uruguay.

A nivel local, los líderes deberían monitorear la ejecución presupuestal del gobierno uruguayo y el cumplimiento de metas fiscales, porque cualquier desvío puede terminar afectando la calificación crediticia del país.

Y, como recomendación general, sería bueno que las empresas tengan un sistema de alerta temprana, con umbrales específicos, que disparen revisiones estratégicas automáticas.

 

¿Qué papel juegan las políticas fiscales y monetarias nacionales en la capacidad de mitigar o amplificar estos riesgos externos?

Las políticas nacionales actúan como amortiguadores o amplificadores de los shocks externos, dependiendo de su consistencia y credibilidad. Por suerte, Uruguay tiene ventajas institucionales que se fueron construyendo con el tiempo (y que debe preservar activamente).

«Las políticas nacionales actúan como amortiguadores o amplificadores de los shocks externos, dependiendo de su consistencia y credibilidad».

En lo fiscal, el gran desafío de Uruguay es lograr una trayectoria de deuda que sea sostenible, lo que exige un ajuste del déficit de aproximadamente dos puntos del PBI. Este ajuste no necesariamente debe ser abrupto, pero requiere una enorme consistencia del gobierno en la ejecución de su política fiscal durante todo el período. Esta consolidación gradual, pero sostenida, es clave para conservar margen de maniobra y poder aplicar políticas contracíclicas cuando los shocks externos impacten en el crecimiento.

En lo monetario, el esquema de metas de inflación flexible que tiene Uruguay ha demostrado buena capacidad para anclar expectativas. Sin embargo, en un contexto de alta volatilidad externa, la coordinación entre el Banco Central y el Ministerio de Economía es fundamental para evitar inconsistencias que amplifiquen la incertidumbre.

En definitiva, la clave es la credibilidad: cuando las políticas son previsibles y coherentes, reducen la prima de riesgo país y facilitan el acceso al financiamiento, tanto para el gobierno como para las empresas.

 

¿Qué recomendación darías a los directorios de empresas uruguayas para que incorporen los riesgos macroeconómicos en su planificación estratégica?

Que adopten un enfoque de “resiliencia estratégica”, apoyado en tres pilares: escenarios, flexibilidad y fortaleza financiera.

Primero, trabajar sistemáticamente con escenarios múltiples —uno optimista, uno base y uno más adverso— para cada variable crítica: tipo de cambio, tasas de interés y demanda externa. Esto permite identificar posibles puntos de ruptura y preparar respuestas con anticipación.

Segundo, diseñar estrategias flexibles, priorizando inversiones modulares o escalonadas que puedan ajustarse rápidamente si el contexto cambia. La idea es evitar compromisos irreversibles de capital en contextos de alta incertidumbre.

Tercero, fortalecer el balance: mantener buenos márgenes de liquidez, diversificar fuentes de financiamiento y mercados, y utilizar instrumentos de cobertura cuando sea costo-efectivo. Un balance sólido es la mejor póliza de seguro contra shocks externos.

Además, conviene establecer un sistema de alerta temprana con indicadores específicos —spread país, volatilidad cambiaria, indicadores regionales— que dispare revisiones estratégicas automáticas.

La clave es pasar de una mentalidad reactiva a una más proactiva: el riesgo macroeconómico no se puede eliminar, pero sí se puede gestionar de forma profesional para convertirlo en una ventaja competitiva.

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