Espejismos de cilicio
Unas semanas atrás, durante la fase inicial de nuestro MBA, expusimos a los participantes a una experiencia nueva. Con motivo de un caso que se discutía bajo la metodología MCE (Método del Caso Extendido), cada uno de los equipos se encontró en la encrucijada de tener que presentar una propuesta acerca de algo concreto que sucedía en el caso. Las circunstancias hacían que el tiempo fuera muy escaso y que hacer todo lo que había que hacer para poder cumplir con el mandato se volviera un problema muy complejo de resolver. Dado que la consigna de trabajo no limitaba en absoluto el uso de herramientas del tipo que fueran, todos los grupos apelaron a usar la inteligencia artificial (IA) de la mejor forma que entendieron. Como profesionales jóvenes acostumbrados a usar IA en sus tareas cotidianas, los resultados que lograron fueron reportes muy completos, bien presentados, estructurados, en definitiva, un entregable que los hizo sentir muy satisfechos.
La metodología MCE implica la participación de protagonistas de carne y hueso, que se presentan ante cada equipo personificando a algún protagonista del caso. Grande fue la sorpresa de los participantes de cada equipo cuando comenzaron a ver que ese “actor” se metía a fondo en el reporte tan bien “pensado” por la IA. A medida que la discusión con el protagonista en tiempo real y humano avanzaba, las miradas hacia el prolijísimo reporte, al igual que los recuerdos a la madre de Sam Altman, comenzaban a crecer en calor e inconformidad. Lo que minuto a minuto iba quedando en evidencia no era otra cosa que el fracaso del “espejismo” de la perfección. Un espejismo que, como todos los de su especie, son enormemente peligrosos, pues nos hacen caminar con decisión y foco hacia algo que parece atractivo pero que cuando lo alcanzamos, se revela en su más descarnada inexistencia.
IA, ¿enemigo o amigo del directivo?
Como tantas veces en el IEEM, la respuesta no es otra que “depende”. ¿De qué? De las circunstancias, pero más que eso de utilizar la IA como lo que es y no como lo que no es ni será. El trabajo directivo, por oposición al técnico, apunta al buen uso del criterio en las circunstancias que el dilema que se enfrenta no permite una solución técnica. En aquel no existe una “mejor solución”, sino simplemente la posibilidad de un “arreglo” para ese escollo que el directivo debe superar. La ponderación de los resultados deseados y no deseados que surgen de cada alternativa no puede ser evaluada con un algoritmo. No se trata de encontrar un resultado maximizado en términos de probabilidades y resultados, sino de analizar las consecuencias buscadas y las no deseadas. Que no solo no pesan igual para distintas personas, sino que, para la misma persona en un momento diferente también adquieren un valor cambiante.
La IA es la mejor amiga del buen directivo en la primera fase del trabajo decisor. Es la etapa en que es obligada la aplicación de toda la técnica posible para ir eliminando ruidos, chequeando datos, simulando escenarios. Pero cuando se va llegando al final de lo que el análisis puede dar de sí, el ingreso en la segunda fase del proceso se hace imprescindible. Es cuando la intuición hace su aparición. ¿Qué es la intuición para el directivo? No otra cosa que experiencia convertida en aprendizaje no estructurado. Cúmulos de experiencia que se han ido entretejiendo en la cabeza del directivo de forma tal de ir construyendo criterio para aplicar a situaciones cargadas de incertidumbre, complejidad y también volatilidad.
La IA se convierte en enemiga cuando el directivo desea descansar en ella el uso del criterio. Excelente noticia que así sea. Es la mejor noticia que aquí se puede compartir. Que el criterio directivo sea un activo insustituible por parte de la tecnología es la única esperanza a la que los directivos humanos podemos agarrarnos para seguir siendo necesarios. Mientras esto no cambie, usted, apesadumbrado conjunto de inteligencia, voluntad y sentimientos, que hace cuentas con lentitud, se cansa, se duerme, se distrae a su pesar, se aburre y se ofusca, seguirá teniendo una ventaja competitiva que no habrá ChatGPT, Gemini o Claude que se la puede birlar.
De cada uno depende
Para cerrar esta breve columna, si usted es de los directivos que desean ganar como tales, pero a la vez descansarse en que otro haga su trabajo, sea este humano o de cilicio, el futuro es apocalíptico. No por la aparición de la IA, sino porque esta lo llevará indefectiblemente a dejarse engatusar por espejismos que, más temprano que tarde, pondrán en evidencia acerca de su nulo aporte a la empresa. Si, por el contrario, usted sabe que su criterio es su ventaja diferencial, no encontrará mejor amigo que un buen LLM, que le ayudará a llegar más rápido y con mayor certeza a la instancia en la que lo humano hace la diferencia.