Un modelo de empresario, según el papa León
Cuenta San Mateo que, en una ocasión, Jesús, hablando con sus discípulos, les advirtió: “En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos”. Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo”. Es decir: es imposible para los que ponen su corazón en los bienes de este mundo, porque ya han tomado una decisión y se cierran en ella. Pero es posible con la ayuda de Dios, si se pone la fortaleza y la generosidad suficiente para que las riquezas sean un instrumento de servicio.
Es el caso del empresario argentino Enrique Shaw, fallecido en 1962, sobre quien escribí en esta revista en abril de 2021 la columna Un empresario con fama de santidad. El 18 de diciembre de 2025, el Vaticano anunció que, tras una exhaustiva investigación, había determinado que Shaw vivió de manera ejemplar su fe cristiana y podía interceder ante Dios en favor de las personas que así lo pidieran. Ya se ha verificado un primer milagro por su intercesión: la curación inmediata e inexplicable de un niño de cinco años que había sufrido una lesión cerebral devastadora.
Shaw era esposo, padre de nueve hijos, oficial naval y empresario. Vivió en un ambiente privilegiado de solvencia económica, pero eligió un camino de disciplina, servicio a los demás, trabajo intenso y oración. Fue, y sigue siendo, el graduado más joven de la escuela naval de Argentina, a la que ingresó con 14 años. Se retiró a los 24 años con el rango de teniente. Vivió varios periodos en Estados Unidos. Un viaje decisivo fue el de 1945, cuando la Armada Argentina lo envió a estudiar meteorología. Llegó a Nueva York el 2 de setiembre de 1945, el día del fin de la Segunda Guerra Mundial, ya con un cambio de actitud vital porque, durante el viaje, Shaw conversó varias veces con Monseñor Reynold Hillenbrand, un sacerdote de Chicago conocido por formar líderes católicos a través del compromiso social. Convenció a Shaw de que no debía conformarse con ser “simplemente un buen trabajador más”, sino que podría marcar la diferencia como hombre de negocios.
Monseñor Reynold Hillenbrand, un sacerdote de Chicago, convenció a Shaw de que no debía conformarse con ser “simplemente un buen trabajador más”, sino que podría marcar la diferencia como hombre de negocios.
La conversión radical que tuvo Shaw consistió en darse cuenta de algo que años después Benedicto XVI formulaba con estas palabras fundamentales para todo líder: “El mundo te ofrece comodidad, pero no has sido creado para el confort. Has sido creado para la grandeza”. Movido por ese ideal, dejó la Marina y se dedicó al mundo empresarial. Inspirado por la formación que recibió en la Escuela de Negocios de Harvard —donde estudió por invitación, a pesar de no haber solicitado admisión—, asumió la dirección general de la empresa familiar de su esposa, Cristalería Rigolleau, dirigió la sección masculina de Acción Católica en Argentina y ayudó a fundar la oficina local de Cáritas y la Universidad Pontificia de su país. En Rigolleau, Shaw estableció un fondo de pensiones y un sistema de salud para los 3400 trabajadores de la empresa, brindando atención médica, apoyo financiero en caso de enfermedad y préstamos para eventos importantes de la vida.
Cuando enfermó de cáncer, 260 trabajadores donaron sangre para ayudar al hombre que los conocía por su nombre, preguntaba con frecuencia por sus familias y llevaba una pequeña libreta para anotar sus necesidades. Poco antes de morir, Shaw les dio las gracias: “Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre de trabajadores. Por eso, me identifico más que nunca con ustedes, a quienes siempre he querido y considerado, no como simples albaceas, sino también como ejecutivos”.
Sus convicciones lo llevaron a influir en las decisiones públicas e impulsó el concepto del salario familiar en Argentina, un esfuerzo pionero para garantizar que los salarios reflejaran no solo la productividad, sino también las necesidades reales del sustento familiar. En 1955, durante la persecución religiosa con quema de iglesias y el enfrentamiento entre el Estado —liderado por Perón— y la Iglesia, Shaw fue arrestado dos veces por su militancia católica.
Cuando enfermó de cáncer, 260 trabajadores donaron sangre para ayudar al hombre que los conocía por su nombre, preguntaba con frecuencia por sus familias y llevaba una pequeña libreta para anotar sus necesidades.
El 8 de setiembre de 2025, el papa León envió a la XXXI Conferencia Industrial Argentina un mensaje en el que puso a Shaw como modelo para los empresarios: “Su liderazgo se distinguió por la transparencia, por la capacidad de escucha y por el empeño para que cada trabajador pudiera sentirse parte de un proyecto compartido. En él, la fe y la gestión empresarial se unieron de manera armónica, demostrando que la Doctrina Social no es una teoría abstracta ni una utopía irrealizable, sino un camino posible que transforma la vida de las personas y de las instituciones al poner a Cristo como centro de toda actividad humana. Enrique promovió salarios justos, impulsó programas de formación, se preocupó por la salud de los obreros y acompañó a sus familias en sus necesidades más concretas. No concebía la rentabilidad como un absoluto, sino como un aspecto importante para sostener una empresa humana, justa y solidaria (…) Su vida muestra que se puede ser empresario y santo, que la eficacia económica y la fidelidad al Evangelio no se excluyen, y que la caridad puede penetrar incluso en las estructuras industriales y financieras (…) La santidad debe florecer precisamente allí donde se toman decisiones que afectan la vida de miles de familias”.
El papa finalizaba el mensaje con unas palabras particularmente motivadoras para las escuelas de negocios: “El mundo necesita con urgencia empresarios y dirigentes que, por amor a Dios y al prójimo, trabajen en favor de una economía que esté al servicio del bien común (…) Que (las cámaras empresariales) sean un espacio para renovar el compromiso con una industria innovadora, competitiva y, sobre todo, humana, capaz de sostener el desarrollo de nuestros pueblos sin dejar a nadie atrás”.