Cuando lo aceptable deja de ser suficiente
Cuando se aproxima el cierre de un año calendario, suele instalarse de manera casi natural un espacio de reflexión. Es un momento propicio para detenerse, mirar hacia atrás y realizar un balance del camino recorrido durante los últimos doce meses: cuáles fueron las metas alcanzadas, qué objetivos quedaron por el camino, cuáles se resignificaron y en qué aspectos aún se continúa trabajando. El simple hecho de cambiar un almanaque por otro trae consigo expectativas renovadas, proyecciones y el deseo de que el nuevo año que comienza —aun sabiendo que no estará exento de desafíos— permita avanzar hacia aquello que valoramos como positivo y significativo.
En ese ejercicio de revisión y proyección, suelen aparecer múltiples metas de diversa índole. Algunas están vinculadas al ámbito profesional, otras al desarrollo personal, a la salud, a los vínculos o a proyectos largamente postergados. Sin embargo, hay un tipo particular de objetivo que merece una atención especial: aquel proyecto o meta a la que, sistemáticamente, nunca parece llegarle el momento adecuado. No siempre se trata de una decisión consciente; muchas veces, ni siquiera se llega a analizar su viabilidad. De manera anticipada, se lo clasifica como inalcanzable, poco realista o incompatible con los recursos, capacidades o circunstancias disponibles en el presente.
Así, casi sin advertirlo, ese anhelo vuelve a ocupar el último lugar de la lista de prioridades. Queda “en espera”, bajo la promesa implícita de que en algún momento futuro —cuando haya más tiempo, más certezas o mejores condiciones— será revisado. En el mejor de los casos, puede ocurrir algún acontecimiento externo, casi fortuito, que facilite las condiciones para evaluarlo. Mientras tanto, el día a día, con sus demandas y urgencias, se impone y desplaza una vez más aquello que, en el fondo, sigue latente, aunque muchas veces de forma casi imperceptible.
El simple hecho de cambiar un almanaque por otro trae consigo expectativas renovadas, proyecciones y el deseo de que el nuevo año que comienza permita avanzar hacia aquello que valoramos como positivo y significativo.
No todas las metas postergadas tienen el mismo peso emocional. Algunas se diluyen con el tiempo y pierden relevancia. Otras, en cambio, persisten, reaparecen cíclicamente y generan una sensación difícil de ignorar: la de estar dejando de lado algo importante. Son esos objetivos los que suelen generar mayor tensión interna, ya que conviven con la percepción de estar “razonablemente bien” en la situación actual, pero al mismo tiempo con la intuición de que podría haber algo más alineado con los propios valores, intereses o propósito personal y profesional.
Postergar una decisión también es una forma de decidir, aunque no siempre se haga de manera consciente.
En este contexto, el coaching se presenta como una herramienta especialmente valiosa. Es un proceso de acompañamiento personalizado que tiene como objetivo facilitar el autoconocimiento y el desarrollo de la persona —llamada coachee— en relación con una meta que desea alcanzar.
A lo largo de un proceso de coaching pueden utilizarse diversas herramientas, pero las preguntas ocupan un lugar central. Preguntas que invitan a la reflexión, al autoanálisis y al cuestionamiento de supuestos que muchas veces se dan por válidos sin haber sido examinados en profundidad. Preguntas que abren posibilidades, que habilitan a considerar alternativas y que permiten explorar escenarios distintos a los habituales. En muchos casos, el solo hecho de formular la pregunta adecuada ya constituye un primer paso hacia el cambio.
Uno de los conceptos que suele aparecer con fuerza en este tipo de procesos es el de la llamada “zona de confort”. Salir de ella no suele ser sencillo, incluso cuando, quizás, se es consciente de que la situación actual no resulta plenamente satisfactoria. Lo conocido ofrece previsibilidad, y esta brinda una sensación de seguridad que tiene un peso considerable en la toma de decisiones. A ello se pueden sumar otros factores que refuerzan la permanencia en ese espacio: estabilidad económica, rutinas que funcionan, relaciones ya establecidas y resultados que, aunque no ideales, son esperables y conocidos.
Uno de los conceptos que suele aparecer con fuerza en este tipo de procesos es el de la “zona de confort”. Salir de ella no suele ser sencillo, incluso cuando se es consciente de que la situación actual no resulta plenamente satisfactoria.
Cuando estas variables se combinan, evaluar alternativas diferentes puede percibirse como un riesgo innecesario. Surgen entonces preguntas que, aunque comprensibles, operan como frenos: ¿por qué perseguir ese sueño si la situación actual es aceptable?, ¿vale la pena invertir tiempo y energía en revisar lo que se quiere alcanzar, cuando lo inmediato parece estar bajo control? Estas cuestiones no son en absoluto triviales y, sin embargo, suelen quedar sin respuesta. La inercia de la rutina y la comodidad de lo conocido facilitan a que ni siquiera se les dedique el tiempo necesario para ser exploradas con honestidad y profundidad.
Ocupar tiempo para pensar en uno mismo, en los propios objetivos y en aquello que se desea construir a futuro, requiere una decisión consciente. Implica detener el ritmo, salir del modo automático y habilitar un espacio de reflexión que no siempre resulta cómodo, pero que es profundamente necesario. En este sentido, el coaching puede funcionar como un marco que ordena ese proceso, lo hace más claro y acompaña a la persona en la exploración de alternativas posibles y en la definición de pasos concretos.
La invitación, entonces, y en especial al inicio de un nuevo ciclo, es a reservar tiempo de calidad para reflexionar con mayor profundidad. Tiempo para identificar cuál es ese objetivo que, aun pareciendo improbable en una primera mirada, sigue despertando interés y motivación. Tiempo para revisar qué supuestos lo han mantenido postergado, qué recursos sí están disponibles y qué pasos concretos podrían comenzar a darse, aun en pequeña escala. Porque, muchas veces, el verdadero cambio no comienza con grandes decisiones, sino con la disposición a interrumpir el piloto automático y habilitar nuevas preguntas.