Revista del IEEM
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«El líder que cultiva el carácter obtiene resultados con solidez estructural: construidos sobre confianza, disciplina y propósito»

Alexandre Havard

Autor, consultor y formador en liderazgo

Sostenés que el liderazgo nace del carácter más que de las competencias. ¿Cómo puede un líder cultivar el carácter sin perder foco en el desempeño, en un mundo obsesionado con resultados y métricas?

La premisa parte de una falsa dicotomía. El carácter no es un lujo que distrae del desempeño: es su fundamento más sólido.

Las virtudes son herramientas operativas. La prudencia permite discernir lo esencial de lo accesorio, evitar el activismo estéril que confunde movimiento con progreso. La fortaleza otorga audacia para asumir riesgos y perseverancia cuando los primeros resultados no aparecen. La templanza permite gestionar la presión sin reacciones impulsivas que dañan la cultura. Y la justicia, por su parte, asegura que las métricas no incentiven comportamientos perversos como maquillar números o explotar al equipo.

La magnanimidad asegura que el líder no pierda de vista los grandes objetivos. No se contenta con métricas mediocres. La humildad fraterna —“tirar” en lugar de “empujar”— permite desarrollar a otros, multiplicando la capacidad de ejecución.

«La obsesión por resultados sin carácter conduce a tres problemas: resultados frágiles, desgaste personal del líder y cultura tóxica».

La obsesión por resultados sin carácter conduce a tres problemas: resultados frágiles que colapsan ante la primera crisis, desgaste personal del líder que termina quemado y cultura tóxica donde los equipos rinden por miedo, no por compromiso.

El líder que cultiva el carácter obtiene resultados con solidez estructural: construidos sobre confianza, disciplina y propósito.

 

¿Cómo se manifiesta la prudencia en la toma de decisiones estratégicas?

La prudencia no es timidez. Es la virtud que permite discernir, en cada situación, el bien que debe hacerse y el medio adecuado, y se manifiesta en cinco movimientos.

Primero, la deliberación. El líder prudente no decide desde intuiciones. Reúne información relevante, escucha a quienes ven sus puntos ciegos, distingue lo urgente de lo importante. Muchos errores estratégicos vienen de una deliberación insuficiente, no de mala intención.

Segundo, el juicio. Integra magnanimidad y realismo: no temer a las grandes decisiones, pero considerar lo que realmente puede hacer con los recursos disponibles. Una decisión es imprudente si es demasiado pequeña para el potencial de la organización, tanto como si es irrealizable.

Tercero, la decisión. Superar la indecisión es parte de la virtud. El líder prudente no decide para complacer a superiores ni alimentar su ego. Decide conforme a lo que la situación requiere.

Cuarto, la ejecución. La prudencia no termina con el anuncio. El líder anticipa resistencias, adapta el plan cuando cambian las circunstancias, supervisa sin asfixiar. No confunde coherencia con obstinación.

Y, por último, la reflexión sobre la experiencia. Quien no reconoce sus fallos está condenado a repetirlos.

Con estos cinco movimientos podemos ver que la prudencia no es un freno. Es el arte de gobernar la acción con sabiduría: hacer lo correcto, en el momento correcto, de la manera correcta, por la razón correcta.

Muchas empresas hablan de liderazgo con base en valores o propósito. ¿En qué se diferencia el liderazgo virtuoso?

La diferencia es de raíz. Los valores son externos, declarados. Las virtudes son internas, vividas. Una organización puede tener hermosos valores en la pared y líderes que no los encarnan. Las virtudes no son lo que uno cree, sino lo que uno hace consistentemente bajo presión.

El liderazgo basado en propósito pregunta: “¿Hacia dónde vamos?”. El liderazgo virtuoso añade la pregunta esencial: “¿Quién debo llegar a ser para estar a la altura de ese propósito?”. No basta con tener un gran sueño. Se necesita una grandeza de alma para sostenerlo.

«El liderazgo virtuoso opera desde la excelencia: no solo no hacer el mal, sino hacer el bien de manera excelente. Las virtudes son capacidades ejecutivas que permiten rendir al máximo nivel».

Otra diferencia es la ética de cumplimiento versus la ética de excelencia. Muchos programas funcionan como sistemas para evitar escándalos. El liderazgo virtuoso opera desde la excelencia: no solo no hacer el mal, sino hacer el bien de manera excelente. Las virtudes son capacidades ejecutivas que permiten rendir al máximo nivel.

Es relevante también el foco de intervención. Los enfoques de valores intervienen sobre la cultura organizacional. El liderazgo virtuoso interviene sobre el carácter personal del líder. La cultura es un reflejo, nunca más sólido, que el carácter de quienes la dirigen. Intentar construir una cultura virtuosa sin líderes virtuosos es construir sobre arena.

Sin carácter, el propósito es solo una promesa que el viento puede llevarse. Con carácter, el propósito se convierte en destino alcanzado.

 

¿Qué riesgos surgen cuando los líderes alcanzan posiciones de influencia y cómo pueden evitar que el poder erosione sus virtudes?

El poder no corrompe: revela, y lo que revela, lo multiplica. Pero existen cinco riesgos.

La soberbia, que se da cuando el líder, rodeado de personas que le dicen que sí,  comienza a creerse excepcional. Deja de escuchar y comienza a tratar a las personas como instrumentos.

La imprudencia, que se da cuando el líder considera que el poder lo habilita a decidir sin rendir cuentas. Y toma decisiones impulsivas, desprecia los procesos y construye una cultura del «se hace lo que yo digo».

Blandenguería o tiranía es otro de los riesgos. El líder evita conflictos por temor, o impone por temor abusando de su posición. Ambos destruyen la organización.

El desorden emocional es un riesgo también porque, sin autodominio, suceden estallidos de ira, se dan favoritismos impulsivos y una búsqueda de compensaciones en excesos.

La injusticia selectiva es otro riesgo e implica privilegios para los leales y castigos para quienes discrepan. Se trata de un favoritismo que desmoraliza al equipo.

¿Antídotos? Consejeros que digan la verdad sin temor. Contacto con la base operativa, donde nadie filtra la realidad. Un plan de vida integral que trascienda el rol profesional: familia, amistades donde no se es “el jefe”. Y un examen diario de conciencia.

El poder no corrompe cuando se ejerce como servicio, no como posesión. Quien lo posee se aferra, se protege, se infla. Quien lo ejerce como servicio lo recibe como un préstamo. Su valor no reside en el poder en sí, sino en el bien que permite hacer.

El liderazgo no es un privilegio. Es una responsabilidad que exige, a quien la asume, el máximo desarrollo de sus virtudes. Quien no está dispuesto a ese esfuerzo, no debería buscar el poder.

 

Planteás la magnanimidad como una cualidad propia de los grandes líderes. ¿Cómo se traduce en la gestión cotidiana?

La magnanimidad es la virtud de esforzarse por grandes cosas. No es soberbia ni ambición. Es la convicción de que uno está llamado a dar lo mejor de sí en servicio de una misión que trasciende su propio interés.

¿Cómo se traduce en las reuniones de los lunes, en las evaluaciones de desempeño? Primero, como exigencia de excelencia, no como perfeccionismo neurótico. El líder magnánimo eleva el estándar sin abandonar a las personas en el camino. En una reunión de planificación, no se conforma con objetivos fáciles. Pregunta al equipo: “¿Qué sería realmente valioso lograr, aunque sea más difícil?”.

Segundo, se traduce como rechazo a la mediocridad instalada. El líder magnánimo no acepta metas que sean meros incrementos inerciales. Introduce metas que estiran al equipo, que tienen significado más allá del número. Para poder hacer esto, se rodea de colaboradores con alma grande, porque un equipo mediocre termina arrastrando al líder hacia abajo.

Tercero, se muestra como generosidad formativa. No ve a sus colaboradores como recursos para sus propios logros. Delega responsabilidades que son significativas, no solo tareas. El líder magnánimo forma sucesores, no satélites.

En las dificultades, la magnanimidad se revela. El líder que vive la virtud de la magnanimidad no se hunde ante los fracasos, no busca chivos expiatorios ni vengarse de las deslealtades. Perdona las ofensas personales porque tiene la vista puesta en misiones más grandes.

No quiero dejar de comentar algo que corrijo con frecuencia: la magnanimidad no es afán de protagonismo. Cuando el equipo logra algo extraordinario, asegura que el mérito recaiga en quienes lo lograron. El líder magnánimo demuestra su propia grandeza en la grandeza de los que forma.

La magnanimidad sin humildad es soberbia. La humildad sin magnanimidad es pequeñez. Son dos virtudes inseparables para el liderazgo.

El líder magnánimo no es el que hace grandes cosas de vez en cuando. Es el que hace pequeñas cosas con grandeza de alma todos los días. Porque la grandeza no es un evento. Es un hábito.

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