Gobierno corporativo y valores evangélicos
La Iglesia católica es la única institución que ha logrado mantener su estructura y su presencia por más de 2000 años. ¿Cuáles fueron los principios organizativos que estableció su fundador? Un fundador que —no lo olvidemos— fue condenado, ejecutado y sus discípulos perseguidos oficialmente los cuatro primeros siglos. En su predicación, Jesús no habló sobre temas organizativos, pero enseñó varios principios inspiradores fundamentales que se aplican en todos los campos. Por otra parte, el gobierno en una empresa no debería limitarse solamente a gestionar equipos y seguir procesos para decisiones estratégicas. Los valores vividos por Jesucristo y enseñados en el Evangelio aportan un modelo ético que trasciende el éxito material y se enfoca en el bien común, la dignidad humana y la coherencia con los principios morales.
El primer principio parece contradictorio, pero lo dejó claro Jesús cuando advirtió: “el que quiera ser el primero entre ustedes, sea el siervo de todos” (Marcos, 10, 44). No se trata de prestar un servicio material, sino de una actitud de fondo, que lleva a gobernar sin egocentrismo. La humildad no es sinónimo de debilidad o pusilanimidad: es un pragmatismo inteligente. En lugar de buscar el poder o el reconocimiento personal, el que decide ha de considerar el bienestar de los colaboradores y, en la medida de lo posible, ayudarlos a alcanzar su máximo potencial. Esto se concreta en la disposición a escuchar, a apoyar a los miembros del equipo en sus necesidades y a poner los medios para que crezcan, tanto profesional como personalmente. Un líder que practica el servicio es un ejemplo que inspira a otros a trabajar con un sentido de propósito y responsabilidad.
Un líder que practica el servicio es un ejemplo que inspira a otros a trabajar con un sentido de propósito y responsabilidad.
Una segunda recomendación básica de Jesús es la prudencia, virtud a la que dedicó la parábola de las jóvenes necias y las prudentes (Mateo, 25, 1-13). “La responsabilidad de un directivo exige ejercitar la prudencia, que es la virtud más propia del trabajo de gobierno. Podemos recordar una conocida afirmación de santo Tomás de Aquino: ´que los sabios nos enseñen, que los santos recen por nosotros… y que los prudentes nos gobiernen´. En su expresión más general, la acción prudente requiere un suficiente conocimiento del pasado (los precedentes de los asuntos), la atención a las circunstancias que delimitan el asunto presente, y la previsión de efectos futuros de las posibles decisiones” (Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, discurso en el IESE de Madrid, 2 de julio de 2025).
Pasamos a otra virtud cardinal, la justicia, sobre la que Jesús dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo, 5, 6). Exigencia de un buen gobierno corporativo es tratar de manera justa y equitativa a accionistas, proveedores, empleados y comunidades. La expresión de Jesús es fuerte: habla de tener hambre y sed de justicia, para que entendamos que no es algo optativo, sino necesario, casi instintivo. En la práctica, se trata de buscar alternativas que no solo favorezcan a los intereses de la empresa, sino que también consideren el bienestar de todos, tomando decisiones transparentes y éticas y priorizando siempre el respeto por la dignidad humana y la responsabilidad social.
En cuarto lugar, la gobernanza requiere paciencia y perseverancia, virtudes que se encuentran ampliamente reflejadas en las enseñanzas de Jesús, que insistía a sus discípulos: “Manténganse firmes, pacientes y salvarán sus almas” (Lucas, 21,19). Es un llamado a ser firme y constante en la visión y en las metas de fondo. La paciencia y la perseverancia son esenciales para superar obstáculos y mantener la calma en tiempos de crisis. La paciencia —que es parte de la virtud de la fortaleza— evita guiarse por la frustración o el nerviosismo; y ayuda a abordar los problemas con serena determinación, lo que fomenta un ambiente de trabajo resiliente, esperanzado, en el que el equipo se siente apoyado incluso en los momentos más difíciles.
La gobernanza requiere paciencia y perseverancia, virtudes que se encuentran ampliamente reflejadas en las enseñanzas de Jesús, que insistía a sus discípulos: “Manténganse firmes, pacientes y salvarán sus almas”.
Otra virtud enseñada en el Evangelio es la generosidad: “Den y se les dará: una buena medida, apretada, sacudida y rebosante” (Lucas, 6, 38). Se trata ser generosos no solo en términos financieros, sino también en tiempo, conocimientos y apoyo. Se traduce en estar disponibles, reconocer y recompensar los logros del equipo, ofrecer oportunidades de crecimiento, y colaborar activamente con otras empresas o instituciones en proyectos que beneficien a la comunidad. La generosidad refuerza la cohesión interna y fomenta un ambiente de trabajo con base en el apoyo mutuo.
En sexto lugar, Jesucristo enseña que el propósito de la vida y el trabajo van más allá del éxito económico o profesional. “Como explicaba Juan Antonio Pérez López, se trata de fomentar en nosotros y en las personas que dirigimos los motivos transcendentes: el interés por servir bien a los destinatarios de nuestro trabajo, la conexión humana con las personas, el compromiso con el propósito de la empresa en que se trabaje. Eso es en buena parte lo que estimula para servir más y mejor. Y eso se puede hacer a la vez que se consiguen también los resultados estratégicos que las empresas necesitan y a la vez que las personas oportunas desarrollen las competencias requeridas” (Mons. Fernando Ocáriz, en el discurso ya citado). Pérez López fue un prestigioso profesor y director General del IESE. Su recomendable obra fundamental es Teoría de la acción humana en las organizaciones: la acción personal (Rialp, Madrid 1991).
Finalmente, nada de lo dicho anteriormente sería eficaz si falta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Un líder debe ser un ejemplo vivo de sus valores. San Pablo fue un líder tremendamente influyente en el cristianismo del primer siglo, tanto por su habilidad para establecer y dirigir comunidades cristianas, como por su papel en la expansión del mensaje de Jesús en el Imperio Romano. En el año 54 escribía a los que vivían en Corinto: “Sean imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11,1). Lo podía decir sabiendo que lo iban a seguir porque, además de la fe, mostraba en todas sus acciones integridad, honestidad y respeto por los demás.