Revista del IEEM
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Liderando la cultura organizacional en la era de la IA

En un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la adopción masiva de la Inteligencia Artificial (IA), la incertidumbre geopolítica y la presión constante por reinventar modelos de negocio, el rol del liderazgo se ha vuelto más exigente y complejo que nunca. A los líderes de hoy se les demanda adaptabilidad, velocidad de respuesta y capacidad de decisión en entornos ambiguos. 

Sin embargo, en medio de estas nuevas demandas, uno de los roles más críticos del liderazgo contemporáneo corre el riesgo de quedar desestimado: ser guardianes de la cultura organizacional.  

La IA no solo está cambiando qué hacen las organizaciones, sino —de forma más profunda y decisiva— cómo trabajan, deciden y se relacionan las personas dentro de ellas. Si entendemos la cultura organizacional como la forma en que se hacen las cosas día a día, resulta evidente que, a medida que los algoritmos ganan espacio en tareas, procesos y decisiones, también se reconfiguran expectativas, comportamientos y nociones fundamentales como el mérito, la confianza o la responsabilidad. En definitiva, cambia la cultura. En este escenario, el desafío del liderazgo es cuidarla, protegerla y hacerla evolucionar para que se mantenga como una fuente de ventaja competitiva sostenible. 

Este es el tema central del capítulo “Afrontar la deuda cultural de la IA” del informe Tendencias Globales de Capital Humano 2026 de Deloitteque introduce la noción de “deuda cultural” para referirse a los costos invisibles que se acumulan cuando, en contextos de cambio acelerado, las organizaciones avanzan sin identificar ni gestionar de manera explícita las consecuencias culturales de las decisiones que se implementan. 

En el caso de la IA, la deuda cultural surge cuando la adopción tecnológica progresa más rápido que la conversación sobre cómo esa tecnología está modificando comportamientos, normas y relaciones dentro de la organización. Cuando no se definen criterios, límites y expectativas, la IA comienza a establecer —por defecto— nuevas reglas sobre qué se valora, cómo se trabaja y quién decide. 

En el caso de la IA, la deuda cultural surge cuando la adopción tecnológica progresa más rápido que la conversación sobre cómo esa tecnología está modificando comportamientos, normas y relaciones dentro de la organización.

La IA y la erosión silenciosa de la cultura 

La cultura organizacional se construye sobre la confianza, la conexión humana y un conjunto compartido de valores y significados. La IA desafía estos cimientos de múltiples formas. Cuando el trabajo empieza a estar mediado por sistemas que sugieren, redactan, priorizan o recomiendan decisiones, aparecen dilemas que no se resuelven solos: qué cuenta como aporte “propio” en un desempeño híbrido (humano-IA), qué nivel de transparencia se espera respecto de su uso y quién asume la responsabilidad cuando una recomendación automatizada falla o sesga una decisión. Si estas tensiones no se nombran y se gestionan, quedan libradas a reglas informales —distintas por equipo— y la cultura se vuelve difusa e inconsistente.  

El riesgo es que muchas organizaciones pongan el foco principalmente en impactos más visibles —productividad, eficiencia, rediseño de tareas, controles de riesgo— y dejen en segundo plano lo que es más difícil de medir, pero más determinante: cómo la IA reconfigura las interacciones entre colegas (qué se consulta, qué se comparte, qué se cuestiona o qué se delega). Cuando esas dinámicas cambian sin un marco explícito, aparecen desalineaciones y mecanismos de autoprotección que erosionan lentamente la confianza y la colaboración; y, con ellas, la cultura.  

De la deuda cultural a la cultura como activo estratégico 

Cuando la IA se integra al trabajo, la cultura cambia. Aunque nadie lo declare, se reconfiguran criterios sobre qué es valioso, qué resulta aceptable y qué entendemos por “buen trabajo”. Esa reconfiguración se vuelve visible en la operación diaria —cómo se coordina, se decide y se colabora—, porque es allí donde la cultura se expresa. 

En ese contexto, el liderazgo tiene que tratar la cultura como un tema prioritario y operativo. No alcanza con reforzar valores en abstracto: hay que definir la cultura deseada para un trabajo mediado por IA y sostenerla con decisiones consistentes. El riesgo, si no se hace, es que la organización termine con normas implícitas que nadie eligió: qué se delega a la IA, qué se valida sin revisar, cuándo se cuestiona, qué se escala y qué se entiende como “criterio humano”.  

Cuando la IA se integra al trabajo, la cultura cambia. Aunque nadie lo declare, se reconfiguran criterios sobre qué es valioso, qué resulta aceptable y qué entendemos por “buen trabajo”. Esa reconfiguración se vuelve visible en la operación diaria —cómo se coordina, se decide y se colabora—, porque es allí donde la cultura se expresa. 

Para darle dirección, conviene explicitar —y resolver— preguntas de diseño organizacional que suelen quedar fuera del foco cuando la discusión se concentra solo en la adopción: ¿qué tipos de interacción humanoIA queremos habilitar (asistente, colaborador, coach, “jefe”) y en qué tareas?, ¿Dónde trazamos la línea para pasar del agente al humano y con qué reglas de escalamiento?, ¿qué derechos de decisión quedan en personas, cuáles pueden automatizarse y cuáles requieren supervisión? ¿Qué prácticas concretas vamos a instalar para sostener conexión y confianza entre personas cuando parte del trabajo se desplaza hacia interacciones con la IA? Para darle dirección, conviene explicitar —y resolver— preguntas de diseño organizacional que suelen quedar fuera del foco cuando la discusión se concentra solo en la adopción: ¿qué tipos de interacción humano‑IA queremos habilitar (asistente, colaborador, coach, “jefe”) y en qué tareas? ¿Dónde trazamos la línea para pasar del agente al humano y con qué reglas de escalamiento? ¿Qué derechos de decisión quedan en personas, cuáles pueden automatizarse y cuáles requieren supervisión? ¿Qué prácticas concretas vamos a instalar para sostener conexión y confianza entre personas cuando parte del trabajo se desplaza hacia interacciones con la IA?   

La IA empujará cambios culturales en las organizaciones. La pregunta será si esos cambios quedarán determinados por acumulación y omisión, o si, por el contrario, serán conducidos con éxito por sus líderes, mediante un diseño explícito, coherente y sostenido en el tiempo.

Las organizaciones que cuenten con una convicción honesta sobre la importancia mundial de los temas Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG), podrán generar un vínculo más estrecho con sus colaboradores jóvenes, ya que compartirían los mismos principios.

Para aquellas organizaciones que quieran diferenciarse en el mercado, será fundamental emprender estas acciones genuinamente, involucrando a sus colaboradores millennials y centennials, quienes tienen un auténtico deseo de mejorar su entorno.

Estas situaciones, sumadas a la “democratización” de las oportunidades laborales que surgen a partir de la pandemia (en la que los millennials centennials están siendo contratados remotamente por compañías de otras partes del mundo), deben impulsar a las organizaciones a responder rápidamente y ofrecer a las nuevas generaciones las condiciones de trabajo que desean. No solo se trata de atender sus preocupaciones, sino de mejorar su futuro, el de nuestra sociedad y el de nuestro planeta.

Autor

Human Capital Leader de Deloitte América Latina

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