El desafío no es la IA: es la transición
Hace poco me volví a encontrar con una frase de Juan José Llach, economista y sociólogo argentino que falleció el año pasado, que me quedó dando vueltas: “Nunca una nueva tecnología quitó más trabajo que el que generó; el problema es la transición”.
La primera parte: la tecnología crea más de lo que destruye
La historia lo muestra una y otra vez. Cuando llegó el automóvil, desaparecieron los fabricantes de carruajes. Sin embargo, aparecieron las fábricas de autos, las rutas, las estaciones de servicio, el turismo, la logística. Cada gran cambio tecnológico se llevó oficios, sí. Y a la vez abrió puertas que antes ni imaginábamos.
Con la inteligencia artificial (IA) está pasando lo mismo. ¿Y qué es, exactamente, la IA? Son sistemas que aprenden de enormes volúmenes de datos, textos, imágenes, conversaciones y, a partir de esos patrones, pueden escribir, analizar, diseñar, traducir o responder casi como lo haría una persona. Herramientas como ChatGPT o Claude son hoy su cara más visible, y ya conviven con nosotros en el trabajo cotidiano. Van a desaparecer tareas (algunas ya están desapareciendo): la transcripción de reuniones, los reportes rutinarios, la primera versión de un texto o de un diseño. Y van a nacer trabajos que hoy no tienen nombre, así como hace treinta años nadie imaginaba que existiría un community manager o un diseñador de experiencia de usuario.
Hasta acá, la frase de Llach podría ser un mensaje tranquilizador. Solo que él no se quedó ahí.
Cada gran cambio tecnológico se llevó oficios, sí. Y a la vez abrió puertas que antes ni imaginábamos. Con la inteligencia artificial está pasando lo mismo.
La segunda parte: el problema es la transición
Aquí reside el núcleo de la cuestión, y es donde la mirada de Llach me interpela profundamente. La “transición” no es una categoría económica. Es, ante todo, una experiencia humana.
Hace unos meses, organizamos en la agencia una jornada de capacitación sobre IA para todo el equipo, desde el área creativa hasta operaciones y administración. Contratamos a referentes del sector, despejamos las agendas y priorizamos ese espacio, incluso pausando nuestra atención a clientes. De aquella jornada me llevé dos reflexiones valiosas.
La primera, más reflexiva, tuvo que ver con detectar cierta cautela o quizá falta de entusiasmo inicial frente a la propuesta. No fue una cuestión de edades ni de áreas; simplemente, percibí que se sintió como una instancia más. Comprendí entonces que, ante lo disruptivo, la resistencia o la falta de chispa inicial suele ser una respuesta natural frente a la incertidumbre, y no, como a primera vista pareció ser, una falta de compromiso.
La segunda reflexión, en cambio, me confirmó que la IA es una herramienta profundamente democrática. ¿Por qué digo que es para todos? Porque, por primera vez, la tecnología habla nuestro idioma y no al revés: no hace falta saber programar, ni tener formación técnica, ni invertir en equipos costosos. Alcanza con escribirle o hablarle como le hablaríamos a una persona, desde el mismo celular que ya llevamos en el bolsillo. Esa puerta de entrada tan accesible hace que estemos todos aprendiendo casi en simultáneo: desde los millennials hasta los baby boomers. Los creativos y los financieros. Los atrevidos y los prudentes. No hay graduados, ni expertos de larga data. Es la primera vez que tantas generaciones se encuentran en el mismo punto de partida.
Estas ideas me invitan a retomar el camino de Juan Llach: el desafío no es el avance tecnológico en sí, sino cómo elegimos transitarlo. El foco debe estar en cómo nos conectamos con estos avances y qué actitud elegimos adoptar ante los cambios que nos proponen.
¿Y entonces qué hacemos?
El gran cambio de paradigma decía uno de los expertos es este: “el software fue la era de las instrucciones; la IA es la era de las intenciones. Durante cincuenta años, usar una computadora fue aprender a hablar su idioma. La máquina no negociaba: o le dabas la instrucción exacta o no pasaba nada. Un punto y coma fuera de lugar tiraba abajo un programa entero. Esa fue la lógica fundante: la computadora ejecuta, el humano especifica. Especificar era un arte duro, preciso, sin ambigüedad posible”.
Hoy, el desafío no es tener modelos de IA más potentes ni memorizar el “prompt ideal”. La clave está en aprender a iterar con la herramienta hasta que la IA trabaje a tu favor. Y para eso, saber pedir es fundamental. Ahora bien, aquí viene la pregunta de fondo: ¿sabés realmente qué querés pedir?
Hoy, el desafío no es tener modelos de IA más potentes ni memorizar el “prompt ideal”. La clave está en aprender a iterar con la herramienta hasta que la IA trabaje a tu favor. Y para eso, saber pedir es fundamental.
Esto nos obliga a cambiar nuestra mentalidad. Ya no se trata solo de «aprender a aprender» para un oficio que dura 40 años, sino de aprender a definir nuestras intenciones. Y también de acompañar a quienes quedan en el medio del cambio: capacitarlos, darles red, no dejarlos solos. Proteger a la persona, no al puesto viejo.
Un líder que solo mira la eficiencia de la nueva herramienta se pierde la mitad de la película. La otra mitad es el miedo, la resistencia y esa duda que muchos callan: ¿y yo, sirvo para esto? ¿Me van a necesitar? Liderar hoy es hacerse cargo de esas preguntas, es mirar al otro y decirle: «No sé exactamente cómo sigue esto, pero lo vamos a transitar juntos».
La transición es nuestra
Al final, la frase de Llach no es otra cosa que eso: un puente entre el mundo que conocíamos y el que está naciendo. La tecnología no es el enemigo. El desafío es asegurar que nadie se caiga al agua durante el cruce.
Ese puente no se construye con manuales técnicos, sino con conversaciones honestas y líderes presentes. Entender que cuidar a nuestra gente no es un «gasto blando», sino la ventaja competitiva más real que existe.
La tecnología hará su parte. La transición, esa tarea humana y profunda, es toda nuestra.