¿Qué hubiera dicho el papa en el Parlamento uruguayo?
Cuando escribo esta columna se confirmó que el papa León XIV no hablará ante la Asamblea General en noviembre próximo, durante su visita a nuestro país. El principal argumento negativo de quienes se opusieron puede resumirse en que “el Estado no se arrodilla ante ninguna fe”. Rotundo, pero falaz, porque el papa fue invitado a Uruguay formalmente por el presidente Orsi, es el jefe de un Estado cuya soberanía es reconocida por nuestro gobierno y con quien se mantienen relaciones diplomáticas. Invitarlo y escucharlo no es arrodillarse, es un ejemplo del respeto institucional y pluralismo que caracterizan a un Estado laico.
León XIV en sus visitas prioriza siempre su deber pastoral, por encima de cálculos políticos. Y en sus discursos a las autoridades civiles parte de la convicción de que las creencias religiosas ofrecen un fundamento moral indispensable para la democracia, precisamente porque esas creencias recuerdan que la dignidad humana no depende del Estado ni del éxito económico, sino de la condición de persona.
Concretamente, el pasado 8 de junio el papa visitó el Congreso español. Los días previos al evento hubo mucha polémica y preocupación, porque se exponía a un escenario hostil, muy dividido internamente y sus palabras podían ser instrumentalizadas para generar más confrontación en un momento de crispación en la política española por los escándalos conocidos. Sin embargo, al terminar el discurso todos se pusieron de pie con un histórico aplauso ininterrumpido de siete minutos. Nadie podía explicar semejante ovación en un escenario tan fragmentado. Seguramente la razón se encuentra en que el objetivo del papa nunca es lograr un “eco político” ni refrendar ideologías, sino suscitar preguntas y “conversiones silenciosas” en el corazón de los oyentes.
El papa fue invitado a Uruguay formalmente por el presidente Orsi. Invitarlo y escucharlo no es arrodillarse, es un ejemplo del respeto institucional y pluralismo que caracterizan a un Estado laico.
Recomiendo vivamente leer ese discurso del 8 de junio, evitando un enfoque sociológico o político. El núcleo de su intervención fue dejar claro que la polarización extrema y la incapacidad de la clase política para llegar a acuerdos no son meros fallos del sistema parlamentario, sino síntomas de un “corazón humano herido por el pecado”. No dio una clase de gobernabilidad. Ofreció un diagnóstico antropológico y espiritual. Hizo una llamada al diálogo honesto, instando a los diputados a dejar de insultarse sistemáticamente y a trabajar unidos por el bien común: “La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.
Realizó también una valiosa síntesis de la Doctrina Social de la Iglesia, superando el habitual partidismo que rodea estos temas. No presentó un catálogo de reproches ni un programa electoral. Y evitó las críticas habituales en la política ideológicamente polarizada. Por ejemplo, es habitual que los partidos de izquierda aplaudan a la Iglesia cuando habla de justicia social, pobreza o atención a los emigrantes; y que los de derecha apoyen cuando defiende a la familia o el derecho a la vida. Sin embargo, el papa en el Congreso español presentó el «paquete completo» y global del Evangelio. Recordó que “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
A la vez reivindicó la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad como pilares de la convivencia: “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
El núcleo de su intervención fue dejar claro que la polarización extrema y la incapacidad de la clase política para llegar a acuerdos no son meros fallos del sistema parlamentario, sino síntomas de un “corazón humano herido por el pecado”.
A la vez reivindicó la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad como pilares de la convivencia: “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
Demostró, una vez más, que la doctrina social de la Iglesia no encaja en las etiquetas de “izquierda” o “derecha”; las trasciende y las interpela a todas por igual. La verdadera política debe mirar siempre al bien común integral del ser humano, sin recortar aquellas partes que resultan incómodas para la respectiva ideología. La ovación final de siete minutos evidenció que los políticos se vieron genuinamente interpelados por la autoridad moral del papa. Fue una demostración de que la verdad, expuesta con libertad y sin ataduras políticas, tiene el poder de unificar hasta a los más divididos. Como dijo en el discurso: “La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario...”.
Por cerrazón ideológica, al no invitarlo a nuestra Asamblea General, hemos perdido una ocasión de que, al igual que en el Congreso español, el papa nos recordara que “las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. Y que ‘la gramática elemental de la convivencia es: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer’”.