¿Riesgo o incertidumbre? Las cosas por su nombre
Vivimos en una época en la que las palabras se desgastan por exceso de uso. En el lenguaje de la gestión, pocas se emplean con tanta ligereza —y tanta confusión— como riesgo e incertidumbre. Se las usa casi como sinónimos, como si nombraran lo mismo. Pero no lo hacen, y la diferencia tiene profundas consecuencias.
Saber si nos enfrentamos a un riesgo o a una incertidumbre cambia la forma en que deberíamos pensar, medir y decidir.
Certeza: cuando el pasado encierra al futuro
En algunos contextos, el futuro puede inferirse directamente del pasado o de causas deterministas. Es cuando podemos decir “si A ocurre, seguro también B ocurrirá” (sean lo que sean los sucesos A y B). Hay un 100 % de probabilidad de que B suceda una vez que sucedió A. Ese es el terreno de la certeza, donde las regularidades empíricas permiten afirmar que las mismas causas producirán los mismos efectos.
La información histórica es suficiente para anticipar los resultados, y la gestión se limita a controlar la ejecución.
En este régimen, el juicio individual se reemplaza por el procedimiento: basta con seguir el manual.
En el lenguaje de la gestión, pocas se emplean con tanta ligereza —y tanta confusión— como riesgo e incertidumbre. Se las usa casi como sinónimos, como si nombraran lo mismo. Pero no lo hacen, y la diferencia tiene profundas consecuencias.
Riesgo: lo desconocido pero mensurable
El siguiente escalón en el incómodo terreno del “no estoy seguro” es el del riesgo.
Aquí los resultados posibles de un suceso A son múltiples (puede ser B, C, D, etc.), pero la lista de consecuencias es cerrada: todas las consecuencias relevantes que podrían darse son visualizables de antemano, aunque sea incierto cuál de ellas se manifestará.
En estos casos, las probabilidades asociadas a cada resultado usualmente pueden calcularse o estimarse a partir de datos históricos o de modelos estadísticos.
En otras palabras, el riesgo describe lo desconocido pero mensurable, un futuro de contornos definidos, aunque inciertos en su realización.
Frank Knight lo señaló ya en 1921: el riesgo se refiere a situaciones donde las probabilidades son conocidas o estimables; la incertidumbre, a aquellas donde no lo son. La gestión moderna —desde el Value at Risk hasta la ingeniería financiera o los seguros— se ha edificado sobre esta noción. El origen de los datos sigue siendo el pasado, y construimos las probabilidades de los resultados sobre el supuesto de que las frecuencias históricas contienen la clave del porvenir.
Incertidumbre: cuando el mapa deja de servir
Pero hay momentos en que el pasado deja de ser una guía válida (e incluso se torna peligroso por la tentación de recurrir a él como en los casos anteriores). Son los escenarios donde no solo desconocemos las probabilidades, sino también todos los resultados posibles. Si sucede A, pueden seguirle B y C, pero ¿qué más? ¿Habrá otros posibles resultados que no estamos anticipando? En esta zona, el cálculo deja de funcionar porque el universo de consecuencias no está cerrado.
La incertidumbre genuina —la que describen Knight y Keynes— no siempre es mera falta de información, sino también novedad estructural: la aparición de fenómenos sin antecedentes estadísticos.
Las disrupciones tecnológicas, las pandemias, los cambios regulatorios o las transformaciones geopolíticas recientes son ejemplos claros. No son variaciones dentro de un sistema conocido, sino alteraciones del sistema mismo. Bajo incertidumbre, las herramientas cuantitativas pierden capacidad explicativa. El pasado deja de ser espejo del futuro. Lo que se requiere no es precisión matemática, sino comprensión adaptativa.
La incertidumbre genuina —la que describen Knight y Keynes— no siempre es mera falta de información, sino también novedad estructural: la aparición de fenómenos sin antecedentes estadísticos.
Del cálculo al juicio: decidir sin mapa
Cuando la distribución de resultados es desconocida, el cálculo racional cede paso al juicio. Decidir bajo incertidumbre implica reemplazar la optimización por adaptación y aprendizaje, y la predicción por la experimentación. Herbert Simon llamó a esto racionalidad limitada: los individuos toman decisiones con información incompleta y bajo tiempo restringido. James March, décadas más tarde, mostró que las organizaciones aprenden más por exploración que por explotación de su conocimiento previo. Nassim Taleb llevó esa idea al extremo con la noción de antifragilidad: sistemas que no solo resisten la volatilidad, sino que incluso se benefician de ella.
En este terreno, la gestión deja en parte de ser cálculo y se vuelve diseño de opciones: mantener flexibilidad, construir capacidad de respuesta, crear portafolios de aprendizaje.
El error de llamar riesgo a la incertidumbre
Un problema es que la mayoría de las organizaciones trata la incertidumbre como si fuera riesgo. La razón es sencilla: cuantificar produce sensación de control.
Así, se diseñan modelos para un mundo que ya no existe, se extrapolan tendencias desde datos obsoletos, y se confunde precisión con comprensión. Los gobiernos que manejan crisis estructurales con herramientas probabilísticas fracasan porque su modelo supone estabilidad. Las empresas que insisten en pronosticar mercados que ya mutaron desperdician energía en calcular lo incalculable. El resultado es una falsa sensación de seguridad: números exactos sobre supuestos equivocados.
El ocaso de los instrumentos tradicionales
Hasta hace relativamente poco tiempo, los instrumentos gerenciales desarrollados para gestionar el riesgo gozaban de enorme vigencia. Se apoyaban en la idea de que el futuro, aunque incierto, era una proyección estadística del pasado. Pero en las últimas décadas el contexto cambió a una velocidad sin precedentes. Podemos decir que los productos que intentamos vender hoy son, en apariencia, los mismos que ofrecíamos hace veinte años, pero el cúmulo de información generado en ese tiempo ha perdido valor. ¿Por qué? Porque el contexto asociado a esos datos ha cambiado tanto que el pasado ya no predice el futuro. Por eso, las herramientas originalmente diseñadas para los emprendimientos —donde la novedad se asume por decisión— están ganando espacio dentro de las empresas consolidadas, que hoy deben gestionar la novedad por imposición de la realidad. Lo que antes era una opción se ha convertido en una necesidad: aprender a moverse en terrenos donde los supuestos que guiaban la acción dejaron de ser válidos.
Conclusión: nombrar para decidir
En conclusión, cuando confundimos riesgo e incertidumbre, nos engañamos sobre el tipo de habilidades y herramientas que necesitamos para actuar. Pongámoslo así: el riesgo se gestiona con modelos; la incertidumbre se navega con criterio.
En un mundo acelerado por la novedad, el desafío ya no es medir con mayor precisión, sino pensar con mayor humildad. Saber cuándo el pasado deja de ser una guía es la forma más elemental —y más difícil— de inteligencia práctica
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