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Revista del IEEM
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Una vergüenza nacional exhibida en el museo

Todos conocemos la historia del Titanic, y quizá habremos considerado personalmente la lección que nos da respecto a las funestas consecuencias de la vanagloria y el orgullo.  El Titanic tuvo un ilustre predecesor, el “Vasa”, que ahora forma parte del museo más visitado en Escandinavia. Su historia es particularmente interesante.

Tuvo lugar durante la Guerra de los Treinta Años, que comenzó en 1618 entre Suecia y Polonia, y que fue agravándose progresivamente. El rey Gustavo Adolfo II quería controlar totalmente el mar Báltico y realizó una gran inversión en la flota real sueca, que ya disponía de una considerable potencia naval que le había dado enormes victorias, como la conquista de Livonia (actuales Estonia y Letonia) y de Riga en 1621.

El rey se propuso contar con las naves mejor armadas y más poderosas que existieran. Con ese fin, en 1625 mandó construir cuatro grandes naves. Una de ellas, el Vasa, iba a ser el símbolo del poder naval del Imperio sueco. Pero se buscó la potencia por encima de la viabilidad del proyecto.

El Vasa iba a ser el símbolo del poder naval del Imperio sueco, pero se buscó la potencia por encima de la viabilidad del proyecto.

Apenas comenzó la construcción del buque, el rey ordenó que se añadiera un nuevo puente de cañones. Quería que la nave fuese una máquina de guerra aún más temible para todas las demás flotas. Y aquí comenzaron los problemas. El añadido del puente adicional de cañones hizo que la nave fuera más alta de lo previsto en el proyecto original. Por lo tanto, el centro de gravedad quedó más elevado de lo habitual. Poco antes de la fecha prevista para la botadura, se hizo una prueba de estabilidad, que resultó insatisfactoria y alertó a los constructores. Pero —segundo error grave— el monarca se impacientó con los retrasos y nadie se atrevió a contradecirlo, a pesar de la preocupación que tenían. A esto se sumó que, al darse cuenta de que las ventanas de la fila inferior de cañones quedaban demasiado cerca del nivel del agua, el almirante Fleming ordenó que solo se cargara la mitad del lastre previsto, con lo cual —tercer error, aunque quizá el almirante no fue muy consciente— hizo que el centro de gravedad quedara aún más elevado.

El buque era impresionante. Desplazaba más de 1200 toneladas. Su dotación era de 130 marineros, 300 soldados y 64 cañones. Seguramente no era el buque más grande de su época, pero era por lejos el más poderoso. Es más: hasta casi dos siglos después no se construyó ninguno con semejante potencia de fuego.​ La decoración exterior era impresionante, con más de 700 esculturas de colores llamativos. La alta elevación de su popa permitía que los soldados pudieran disparar hacia abajo al efectuar abordajes de otros barcos, con una clara superioridad. Para dar una idea de la majestuosidad de este navío, basta decir que su precio superaba al 5 % del producto nacional bruto del país.

Y llegó el día de su primer viaje. El 10 de agosto de 1628 fue un hermoso domingo veraniego en Estocolmo. La ciudad entera concurrió para admirar cómo el buque más grandioso de la flota iniciaba su viaje para incorporarse a la armada real. Se desplegaron las velas y se efectuó la botadura. Cuando el Vasa había recorrido menos de una milla, al pasar frente a la isla de Södermalm, se levantó una brisa suave. El navío se inclinó un poco de costado y el agua empezó a entrar por las ventanas de la línea inferior de cañones (lo que tanto preocupaba al almirante Fleming). Se inundaron las bodegas y, como el centro de gravedad era muy alto, se produjo un hundimiento rapidísimo.

Este buque, que debía representar el orgullo naval sueco, solo viajó 13 minutos y dejó unos 50 muertos: todo un récord. Se hundió sin haber tenido un combate ni una escaramuza; sin haber soportado una tempestad. Se hundió por una simple ráfaga de viento en su propia bahía. De orgullo nacional, el Vasa pasó a ser una decepción y vergüenza nacional.

De orgullo nacional, el Vasa pasó a ser una decepción y vergüenza nacional.

Pasó 333 años en el fondo de la bahía, y en 1961 fue rescatado. Se encontraba en un excelente estado de conservación. Como decíamos al inicio de la columna, el Vasa se puede contemplar en el Vasamuseet, el museo más visitado de la región norte de Europa. Representa un gran ejemplo de cómo hacer algo útil y valioso a partir de lo que fue un rotundo y humillante fracaso. Y es una excelente lección de cómo abordar con inteligencia las páginas más decepcionantes de la propia historia.

Representa un gran ejemplo de cómo hacer algo útil y valioso a partir de lo que fue un rotundo y humillante fracaso.

Al Vasa se le llama “el Titanic del siglo XVII” y el museo es un recordatorio de la torpeza de quienes por soberbia, negligencia y precipitación, no siguieron las buenas técnicas de construcción naval de la época. El museo es también una lección de humildad. Si no se reconocen los propios errores, será muy difícil cambiar y mejorar. La historia universal y las personales nos demuestran que casi siempre acaban así los arranques llenos de suficiencia. La arrogancia, el engreimiento, los aires de grandeza, aunque estén basados en cualidades y logros objetivos, con facilidad malogran el esfuerzo y las buenas condiciones naturales.

Quizá pensemos que estamos lejos de caer en una arrogancia tan aparatosa. Me permito sugerir dos lecciones del Vasa que se pueden aplicar a la vida diaria, porque —primera lección— con frecuencia caemos en algo parecido a lo que ocurrió con el buque cuando nos olvidamos que un componente clave de la virtud de la prudencia es el deseo de aprender (que procede de la humildad) y de pedir consejo, para no dejarse llevar precipitadamente por el propio juicio, muchas veces limitado. Seguramente conocemos personas inteligentes y valiosas que no escuchan los consejos. En los casos de personas con autoridad, el riesgo es mayor porque puede haber alrededor adulación y servilismo; o un ambiente en el que nadie les quiere contradecir: por miedo, o porque ya saben que no sirve para nada, o porque siempre hay otros culpables a mano.

Con frecuencia caemos en algo parecido a lo que ocurrió con el buque cuando nos olvidamos que un componente clave de la virtud de la prudencia es el deseo de aprender y de pedir consejo.

La segunda lección tiene que ver con un punto de Camino (libro de San Josemaría Escrivá), que en el n.o 589 ofrece un consejo particularmente valioso: “Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen también en tus oídos las risas que provocaste con tus fracasos”. Es un recurso muy bueno para no perder objetividad y mantener el realismo y la conciencia de los propios límites cuando las cosas van muy bien.

Así como los suecos tienen un museo abierto a todo público para recordar la necesidad de la prudencia y humildad, cada uno podría ver qué “museo” o recordatorio puede tener en su propia vida para no dejarse llevar por la imprudencia o la vanidad.

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