La conversación como ventaja competitiva
Un tren aplastó la barrera de acceso al conocimiento. Nunca en la historia tuvimos una biblioteca tan grande al alcance de la mano. Libros, investigaciones, casos de estudio, estadísticas, videos, papers y artículos. A eso se suma una inteligencia artificial (IA) capaz de resumirlos, compararlos, traducirlos y convertirlos en un informe o una presentación en unos segundos.
Esta idea estuvo muy presente cuando este año empezaron las clases de un curso que doy para estudiantes de posgrado. Me desvela pensar que buena parte de los contenidos que trabajamos ya están, de alguna manera, al alcance de todos. Entonces, ¿qué justifica seguir reuniéndonos una vez por semana en un salón?
La respuesta está en la propia formulación de la pregunta: reunirnos una vez por semana en un salón. Los participantes claramente no vienen a buscar contenido, sino lo que pasa alrededor del contenido. Lo rico está en las preguntas que surgen de manera espontánea, las experiencias que contradicen la teoría, las dudas sin una respuesta única, la posibilidad de armar una idea entre varios. El intercambio siempre fue parte de la educación, claro, y más en posgrado. Pero cuanto más accesible se vuelve el conocimiento, más evidente resulta que el verdadero aprendizaje no se da cuando nos facilitan una lectura determinada o una PPT, sino cuando le ponemos el condimento de otras miradas. ¡A discutir se ha dicho!
Cuanto más accesible se vuelve el conocimiento, más evidente resulta que el verdadero aprendizaje no se da cuando nos facilitan una lectura determinada, sino cuando le ponemos el condimento de otras miradas. ¡A discutir se ha dicho!
Durante mucho tiempo, el acceso a la información fue una fuente de ventaja competitiva. Saber algo que otros no sabían permitía tomar mejores decisiones, anticiparse al mercado o construir autoridad. Hoy ese escenario cambió radicalmente. Un informe, un resumen, un análisis comparativo pueden conseguirse en segundos. Esa transformación obliga a revisar una premisa muy instalada en las empresas: la de creer que el valor sigue estando en acumular información. Esta se volvió demasiado abundante. Sin embargo, lo que sí sigue siendo escaso es la capacidad de darle sentido a esa información.
Este cambio también transforma el rol de quienes trabajamos en Comunicación. Durante años, parte de nuestro trabajo pudo consistir en administrar información: redactar comunicados, armar mensajes, responder consultas o facilitar el vínculo entre empresas y medios. Todo eso sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El desafío, cada vez más, es generar conversaciones que aporten contexto, perspectiva y comprensión. En materia de relaciones públicas, por ejemplo, un periodista accede hoy a los datos cada vez con mayor facilidad, por lo que necesita de una empresa es alguien que lo ayude a entender qué significan. Un cliente de servicios profesionales no busca información técnica, sino alguien con criterio y legitimidad que filtre y le explique, muy brevemente, cómo esa información impacta en su negocio. Desde una perspectiva del capital humano, internamente en una empresa, un colaborador lo que quiere es que alguien le explique con claridad para dónde va la organización y por qué.
La exagerada cantidad de contenidos que se generan con IA hace todavía más evidente esta realidad. La extrema facilidad para producir textos trae aparejado otro fenómeno: la uniformidad. Un estudio global de Edelman y LinkedIn reveló que el 71 % de los ejecutivos considera que menos de la mitad del contenido especializado que consume le aporta ideas realmente valiosas. Los mensajes son correctos, pero también previsibles y, luego, invisibles. En ese contexto, el diferencial ya no está en escribir más rápido (¡ni siquiera escribir bien!), sino aportar una mirada original, una experiencia personal o una interpretación que solo puede surgir del contacto con otros y con la realidad.
La extrema facilidad para producir textos trae aparejado otro fenómeno: la uniformidad. Un estudio global de Edelman y LinkedIn reveló que el 71 % de los ejecutivos considera que menos de la mitad del contenido especializado que consume le aporta ideas realmente valiosas.
Escuchar con atención y hacer buenas preguntas —más que producir la información— son, cada vez más, las habilidades indispensables de los comunicadores. Detectar lo que no se dijo en una reunión y entender las motivaciones detrás de una decisión. Generar confianza suficiente para que alguien comparta una preocupación antes de que se convierta en un problema. Ninguna IA puede reemplazar completamente esos espacios porque nacen de la interacción, de la empatía y de la construcción de relaciones.
Las reuniones más valiosas ya no son las que sirven para compartir información (porque esa información probablemente todos la leyeron antes de entrar a la sala), sino las que permiten conectar ideas, cuestionar supuestos y construir una mirada colectiva sobre un problema. Lo mismo se da en lo relativo a empresas y medios de comunicación, entre líderes y equipos o entre organizaciones y clientes. El verdadero valor aparece cuando una conversación cambia la forma en que alguien entiende una situación o toma una decisión.
En tiempos de IA, la comunicación gana relevancia. Cuanto más accesible sea la información, más importante será la capacidad de generar sentido alrededor de ella. Cuanto más contenido exista, más valiosas serán las voces capaces de aportar claridad. Y si la tecnología puede dar cada vez más respuestas, también se necesitarán personas que puedan hacer las preguntas que realmente importan.
Desde mi disciplina, tal vez esa sea una de las principales lecciones de esta nueva etapa. La ventaja competitiva ya no está en tener más información que los demás, sino en crear espacios donde esa información pueda discutirse, cuestionarse y transformarse en noticia, contenido viral o mejores decisiones. Las empresas que entiendan esto dejarán de medir la comunicación únicamente por la cantidad de mensajes que emiten y empezarán a valorar la calidad de las conversaciones que generan.