El despertar del líder: grandeza, humildad y el arte de servir
Es habitual creer que la premisa de un buen liderazgo es desarrollar una serie de competencias técnicas y carismáticas: gestionar KPI, motivar equipos con acciones y con discursos inspiradores, ser la cara visible de los éxitos logrados, reconocer a cada colaborador en el logro de ese objetivo. Sin embargo, en un curso que dictó recientemente el profesor Alexandre Havard en el IEEM sobre liderazgo virtuoso, se rompen esas guías. Havard habló de la importancia de un liderazgo centrado más en lo que cada uno de nosotros es, y no exclusivamente en lo que hacemos. En su visión ya no se trata —solo— de llevar a buen fin grandes proyectos, sino que hay algo mucho más allá que es relevante.
Havard llega así al concepto de magnanimidad, ese sueño por la excelencia, esa virtud de las cosas grandes, esa conciencia de la propia dignidad y de la capacidad de la persona de aspirar a lo más alto. Para un líder, esto es electrizante y nos exige una nueva visión. Nos invita a no conformarnos, a buscar la nobleza en cada acto, a proyectar visiones que transformen la realidad también desde dentro. Esta magnanimidad no debe entenderse como un simple deseo de poder, sino como la responsabilidad ética de ensanchar el horizonte de lo posible, inspirando a otros a descubrir una capacidad que ni ellos mismos sabían que poseían.
En el ámbito empresarial en que nos movemos, la magnanimidad es un reflejo de la grandeza de la misión que se ha elegido emprender y del potencial de las personas a las que dirigimos. Grandeza que debería alcanzar los detalles del día a día en su plenitud, en lo grande y en lo pequeño, y esto solo se logra con humildad y vocación de servicio. Cuando la magnanimidad se vive desconectada de la humildad, corre el riesgo de convertirse en pura ambición o, peor aún, en narcisismo corporativo. Sin el contrapeso de la humildad, la búsqueda de la excelencia se desvirtúa, transformándose en una carrera solitaria donde el líder se eleva a costa de su entorno en lugar de elevarse con él.
Havard llega así al concepto de magnanimidad, ese sueño por la excelencia, esa virtud de las cosas grandes, esa conciencia de la propia dignidad y de la capacidad de la persona de aspirar a lo más alto.
Y en este hacer aspirando a la excelencia y la magnanimidad, la humildad entra en juego como un ingrediente fundamental y necesario. Como decía Santa Teresa, la humildad es algo así como “caminar en la verdad”. Llevado al ámbito empresarial, este concepto sería la necesidad de lograr el conocimiento de uno mismo, de las fortalezas para trabajar, pero también de las debilidades, para dejar hacer, para pedir ayuda y dejarse complementar. Caminar en la verdad implica aceptar que el líder no es la fuente de todas las soluciones, sino el facilitador de un ecosistema donde la vulnerabilidad se convierte en una fortaleza que cohesiona al grupo.
Cuando un líder reconoce que puede aspirar a la magnanimidad, a la excelencia, y ha tenido suficientes golpes y caídas que le permitieron vivenciar su humildad, ya no se trata de ser el líder más inteligente de la sala, sino de asegurar que la inteligencia colectiva del equipo brille. En el proceso de alcanzar los objetivos, logra el crecimiento de las personas, y eso ya tiene mucho de magnanimidad y mucho de servicio. En los procesos empresariales, la humildad permite empatizar con el equipo cuando el camino se pone difícil, sin sentir que eso disminuye la autoridad ni el liderazgo. Al contrario, lo fortalece.
A menudo, bajo la presión de un entorno volátil, complejo y ambiguo, pensamos que el líder que está al servicio debe ser disruptivo, un innovador constante y que, si tiene una dosis de “locura” o impulsividad, parece que mejor aún. Hemos romantizado la figura del líder disruptivo que rompe las reglas y desafía el statu quo con una energía caótica. Se nos dice que el «loco» es el que cambia el mundo. Sin embargo, la verdadera disrupción no nace del caos externo, sino de la paz interior de quien sabe quién es y para qué sirve; la innovación más profunda es aquella que logra humanizar las estructuras técnicas a través de la templanza y el respeto.
El que no sirve para servir, no sirve para liderar
El liderazgo no es un título en una tarjeta de presentación; es un hábito del corazón que se cultiva día a día. Pasar por la experiencia de Alexandre Havard me obligó a mirar el espejo. Ser un líder virtuoso exige una vigilancia constante. Exige la magnanimidad para aspirar a la excelencia, la humildad para saberse servidor, y la prudencia para que cada paso dado sea en beneficio de quienes confían en nosotros.
Ser un líder virtuoso exige una vigilancia constante. Exige la magnanimidad para aspirar a la excelencia, la humildad para saberse servidor, y la prudencia para que cada paso dado sea en beneficio de quienes confían en nosotros.
Al final, el liderazgo que deja huella es aquel que logra silenciar el ruido del propio ego para escuchar las necesidades del otro. Es usar cada una de nuestras capacidades para ponerlas al servicio de los demás. Es entender que el poder es una herramienta de construcción colectiva, no un pedestal de aislamiento. ¿Estamos liderando para construir algo que nos trascienda, o simplemente estamos usando la misión como un escenario para no tener que encontrarnos con nosotros mismos en el silencio?